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Por: Fernández G., Adriana · Gonzales B., Katia · Paredes, Giannina · Velázquez, Tesania

Historias de violencia que se repiten. Grupos de terapia: un espacio para ser diferente

1 de Diciembre de 2006. Esta publicación nos ofrece la experiencia sistematizada del equipo psicológico de DEMUS, de atención a mujeres afectadas por violencia en sus relaciones de pareja. Nos plantea cómo el trabajo con grupos se ha ido constituyendo en una alternativa para ofrecer atención psicológica.

La propuesta metodológica que comparten es el resultado de una experiencia de proceso en el que han ido implementando estrategias diversas, como el uso de «la llamada telefónica» para promover espacios de continuidad, de escucha y de contención, en contraste con las experiencias emocionales de encierro, de ruptura, de falta de reconocimiento, aislamiento, silencio y desborde. Lo que nos ofrecen es un modelo de relaciones humanas en construcción, alternativo a la violencia.


Ayuntamiento de Alcobendas · Diputación Provincial de Granada · Estudio para la Defensa de los Derechos de la Mujer · Fundación Ford · Humanist Institute for Co-operation with Developing Countries.


 Prólogo.
 Introducción.
  Capítulo I. Aspectos generales de los grupos de terapia.
 Capítulo II. Construcción de un espacio grupal.
Capítulo III. Aspectos dinámicos al interior del grupo.

Los aspectos dinámicos que se dan al interior de los grupos refleja también los diferentes afectos, roles y procesos que se dan en una relación de violencia. Esta dinámica no habla de posiciones y roles estáticos sino de un interjuego de poder, en donde la sumisión y la agresión suceden de forma simultánea y configuran el escenario para el ejercicio de la violencia y su perpetuación.

En ese sentido, la dinámica que se establece al interior de los grupos producto del encuentro intersubjetivo entre las mujeres y las terapeutas, es el espacio que nos permite comprender el impacto de las historias de violencia de las participantes y los vínculos que se establecen a partir de éstas.

Afectos involucrados en el proceso grupal

Dentro de un grupo se despliegan múltiples deseos y afectos que tienen que ver con las particularidades de los miembros y cómo éstos se configuran dentro de un proceso que pasa por diferentes etapas de manera no lineal. Este espacio se configura como un «lugar» en donde conviven afectos que aparecen de forma simultánea y de manera dinámica al interior de los grupos.

Estos afectos se configuran como resistencias y pueden llegar a significar obstáculos en el proceso grupal; sin embargo, son también oportunidades, ya que al ser identificados y reconocidos son el camino para iniciar el proceso de elaboración. Algunos de los afectos que emergen en estos grupos son la dependencia, el deseo de separación, la sumisión, el deseo de dominio, la envidia y el sentimiento de gratitud.

El sentimiento de dependencia es uno de los afectos característicos expresado por las participantes y que se visibiliza en el proceso grupal, lo cual evidencia uno de los principales conflictos que experimentan las mujeres en las relaciones de violencia que establecen. La necesidad de un otro y el temor a su ausencia llegan a ser muchas veces afectos más dolorosos que el impacto de la violencia en sí misma. Este sentimiento de dependencia se refuerza con los patrones de género aprendidos, los cuales llevan a las mujeres a la construcción de una identidad basada en un ser para los otros y una mirada del varón desde un rol proveedor, «dador de significado».

«He dado tantos años por mi esposo, por mis hijos y yo? Me olvidé de mí, ¿dónde está Claudia? Había un hueco. Es más, hasta ahora se me hace difícil llevar mi vida» (Claudia, 46 años).

«Mi mayor temor era asumir una responsabilidad sola, la cual nunca había tenido porque desde que salí de mi casa fui primero hija, pasé a ser esposa y luego señora de un hogar… El está decidido en que nos vamos a divorciar. Yo he hecho hasta lo último, hasta decidí perdonarlo, como madre, por mi hogar…» (Milagros, 39 años).

El participar del grupo y buscar un espacio para ellas se considera como un intento de salida de esta dependencia que da lugar a sus deseos de separación y así, de una manera más autónoma, llegar a hacerse cargo de sus vidas. En un inicio las mujeres en el grupo se colocan desde la indefensión, es decir, en el lugar de la dependencia y la sumisión, el mismo que suelen ocupar en las relaciones de violencia. Así, esperan y exigen que las terapeutas actúen casi como guías espirituales, como profesoras, como libros de autoayuda, demandando que el otro se configure como un modelo que indique lo que se debe hacer y lo que no.

«... tenía en mente que me iban a dar una respuesta a tantas cosas. Desahogué mis problemas pero también pensé que me iban a decir si la decisión que estaba tomando era buena o mala» (Mónica, 45 años).

Si bien la dependencia es despertada en todo momento inicial de un grupo, depositando en el terapeuta la imagen ideal del salvador, en mujeres con este tipo de relación perdura más de lo esperado y muchas veces lleva a las terapeutas a sentir la omnipotencia o el deseo de hacerse cargo de todo, cayendo de manera inconsciente en esta repetición de dependencia y perdiendo de vista la capacidad de las mujeres para hacerse cargo de esta situación.

Esta dependencia afectiva es también una ganancia pocas veces consciente para las mujeres. El convertir al otro en el objeto depositario de sus propias vidas las libera de la responsabilidad de hacerse cargo de sus motivaciones, deseos y afectos dándole al otro el manejo de su existencia. Asociado a ello aparece el dominio; es desde esta posición que las mujeres ejercen el control en otras relaciones: con sus hijos o con el espacio de terapia. La necesidad de controlar al otro y asegurarlo así como objeto dependiente de uno, es también un ejercicio de violencia.

En el grupo el sujeto toma por objeto de sus múltiples deseos a los otros integrantes, pero simultáneamente es objeto de los deseos de estos otros. Es así que el sujeto tiene que maniobrar para intentar que los otros entren en sus propios deseos y para evitar que estos otros lo avasallen con su respectivo sistema deseante [14]. Se reactiva así la envidia y la rivalidad entre las diferentes integrantes, generándose una competencia por el espacio en el grupo, como por ejemplo, en el tiempo utilizado en las intervenciones o en la intensidad de las mismas. Estos sentimientos también aparecen en relación a las terapeutas a través de comentarios agresivos o al devaluar su capacidad tanto profesional como personal para lograr comprender las experiencias personales de cada una. Es común escuchar a las mujeres cuestionar a las terapeutas respecto a su capacidad de ser madre, o si se es lo suficientemente «mayor» como para comprenderlas; en general, todo aquello que puede representar una diferencia entre las participantes y las terapeutas era cuestionado como un obstáculo que limitaba la capacidad de empatía y la posibilidad de que a pesar de las diferencias comprendan lo que ellas viven.

La envidia busca quitar o dañar algo deseable que el otro posee o que se considera valioso, y ubica en éste la destructividad propia que le resulta amenazante a su yo. Daña la capacidad de goce ya que no permite retener dentro de sí una imagen positiva de los objetos internalizados. Del otro lado, el sentimiento de gratitud refleja la capacidad de amar y de tolerar la diferencia y lo positivo en el otro; sin embargo, en estas mujeres este sentimiento aparece más como una defensa que esconde la posibilidad de expresar la envidia.

Sumado a esto, al ser mujeres tanto las participantes como las terapeutas, se genera el escenario que permite la reactivación de diferentes procesos de identificación y se abre un espacio favorable para la aparición de estos afectos, como son la envidia y la rivalidad.

También aparecen sentimientos de agresión y poca tolerancia a la frustración, lo que genera actos de boicot hacia el grupo. Estos se expresan en ausencias, tardanzas, deserciones y agresiones que van desde las expresiones verbales hasta la poca capacidad para escuchar las intervenciones de las compañeras o de las terapeutas. Aparece por un lado, la dificultad para manejar y hablar de «cosas que duelen» y, por otro lado, la insatisfacción porque se esperan soluciones inmediatas y precisas a su problemática. Esto es difícil de tolerar por lo que las participantes señalan que el espacio «no es agradable» y que es preferible no «remover» ideas y sentimientos ya que en general las situaciones de cambio y autonomía «asustan»; se reactiva entonces un temor a asumir la «conducción» de su propia vida.

«¿Puedo hablar?... Es que yo vine la vez anterior y no terminé de hablar y llegué a mi casa y me sentí peor (llora) y pensé para qué he hablado si me voy a sentir peor (llanto y cólera), no entiendo entonces para qué vine, y hoy no sabía si venir pero decidí hacerlo» (Milagros, 39 años).

Estos sentimientos generan una dinámica al interior del grupo. Por un lado, la necesidad de una madre protectora, salvadora y guía que responda a todas las demandas y paute el camino, imagen que se coloca en la terapeuta; pero también por otro lado, los sentimientos de agresión y envidia que al no ser elaborados no permiten la posibilidad de un vínculo diferente. La frustración cotidiana en sus vínculos reales refuerza la desconfianza en el otro, lo que en muchos casos las lleva a boicotear la sensación de alivio que se puede obtener de una figura materna acogedora y contenedora. Es decir, la sensación de acercamiento a un vínculo positivo resulta tan extraño que activa los aspectos paranoides y el objeto bueno se torna malo, generando así sentimientos de insatisfacción y confusión.

La posibilidad de reconocer que la cólera y el amor, la ternura y la agresión han convivido de manera extrema en sus relaciones, genera confusión y dificultad de ser comprendida. Por ejemplo, frente al agresor aparece cólera, rabia así como afecto, pena y compasión o frente a la madre aparecen sentimientos de afecto y cariño así como de rabia y cólera. Estos sentimientos contradictorios, al aparecer en forma conjunta, son incomprensibles para algunas mujeres. Tolerarlos es un proceso largo y en ocasiones difícil por reconocer en sí mismas la presencia de algunos sentimientos que son impensables asociados. Se muestra así la dificultad de integrar que aquella figura que cuida es también aquella que violenta.

«Bueno, en realidad yo me sentí muy mal cuando tuve todo mi problema con mi esposo, sentí mucho odio, pero también amor. Lo mismo he sentido por mi mamá. Yo odiaba a mi madre, al papá de mis hijos también lo odio. Por todas las cosas que me han hecho, hasta ahora yo no entiendo por qué mi mamá a mí no me quiere, por qué sí a mis hermanas y a mí no» (Liliana, 46 años).

Frente a esta ambivalencia se opta por acomodar la realidad al mundo afectivo llegando en ocasiones a distorsionar las experiencias. Es decir, las situaciones de violencia vividas a lo largo de sus historias son justificadas, como en un intento de desmentida [15]. Lo que pasó en realidad no pasó. Muchas mujeres utilizan este mecanismo como una defensa que contribuye al equilibrio y minimiza el dolor, manteniendo así una mirada de la realidad y del otro, desde su ilusión y sus propias defensas a la sombra de figuras tempranas, significativas en sus vidas.

Historias de violencia que se repiten: dando paso a la elaboración.

En las historias de las mujeres participantes es común encontrar casos de violencia previos, asociados a la familia de origen, la escuela y las relaciones de pareja. Es así cómo la experiencia actual de violencia remite a otras anteriores y es desde ahí que se puede pensar y elaborar la vivencia actual [16].

Es así cómo en muchos casos esta violencia no es un episodio «casual» sino formas de relacionarse que han sido aprendidas desde temprana edad, ya sea a partir de lo que han observado en sus familias, entre sus padres, y que llevan a establecer vínculos similares, violentos, en los que se repiten los roles de agresor y víctima.

La posibilidad de conectar estas historias significa una vuelta sobre sí mismas, es decir, sobre su identidad y sobre sus vínculos afectivos. Este se convierte en el camino elegido para el inicio del proceso de elaboración.

«Yo ya le encontré un sentido a esto, es como haber estado siempre viendo a través de una luna borrosa para luego limpiarla con un limpia parabrisas.
Yo me he dado cuenta que en realidad el juicio de reconocimiento y de alimentos que le estoy haciendo al papá de mi hijo no es en realidad por él, estoy haciendo lo que mi mamá nunca le hizo a mi papá. Estoy intentando no repetir la historia» (Rocío, 32 años)
.

El aprendizaje de este tipo de relación violenta lleva a las mujeres a ubicarse desde la posición de víctima en algunos casos y en otras desde la agresión. El rol de víctima es una posición vinculada a los sentimientos de culpa, miedo, vergüenza y desvalimiento. Estos sentimientos las llevan a percibir que sus recursos e intentos para terminar con la situación de violencia no son suficientes, sumado a esto el miedo a la soledad y la necesidad de afecto sentida desde temprana edad. Tal como lo plantea Vega [17] en la dinámica de maltrato en la que están insertas las mujeres, el proceso de separación/diferenciación se expresa en la tendencia de ellas a apegarse a los maridos o entrar al espiral de la violencia.

Las participantes refieren con frecuencia experiencias de rechazo y de dolor, en donde la falta de cariño o deseo ha marcado la percepción de sí mismas y de sus relaciones interpersonales. Enfatizan en el rechazo de la madre y en su rol sumiso que en muchos casos «toleraba» la violencia que el padre ejercía en casa. Se van construyendo así representaciones, imágenes y roles determinados de género. Identidades femeninas y masculinas que pasan de generación en generación, hasta que en algún momento puedan ser pensadas y pueda romperse la cadena de repeticiones.

«Mi madre me decía que mejor no hubiera nacido, que por qué era mujer...
Por eso no quería ser mujer, cuando tenía 13 años me vestía como hombre y me quería cortar el pelo... por eso no quería ser mujer, tuve hijos después cuando era mayor y ahora siento que los rechazo» (Mariana, 30 años)
.

Desde una visión transgeneracional, se observa lo difícil que es romper con una mirada desvalorizada de lo femenino trasmitida desde las figuras femeninas significativas. En ese sentido el grupo de terapia se ofrece como un espacio para elaborar esta repetición, romper con el mandato generacional y crear una historia diferente.

«No quería ser una continuidad de lo que fue mi abuela, mi madre. Mi mamá me decía lo que es la mujer: simplemente acepta y se queda callada...Yo no quería que esa cadena continuara porque no quería tampoco que mi hija sea parte de un eslabón así» (Fabiola, 43 años).

Asimismo, aparecen de forma significativa historias previas de violencia sexual, lo que muestra la incidencia de este tipo de hechos que tienen como principales víctimas a las mujeres. Esto nos plantea cuestionamientos sobre la construcción de la identidad y el psiquismo de las mujeres a partir de historias en donde sus límites como sujeto y su cuerpo es trasgredido y utilizado como objeto de deseo y de violencia de los otros. Se suma a esto un clima de permanente tensión familiar, trasgresión y violencia, en donde la sensación de riesgo es parte de la vida diaria.

Dentro del proceso de elaboración es importante incluir el análisis de la comunicación no verbal que utiliza como vía principal de expresión al cuerpo, más aún cuando éste es el escenario principal de las agresiones vividas por estas mujeres, físicas, sexuales e inclusive psicológicas. Son, entonces, recurrentes las menciones al cuerpo en cuanto a dolores y malestares físicos. Las mujeres tienden así a somatizar todo aquello que no ha sido simbolizado o elaborado, usan el cuerpo como vía de comunicación.

Los grupos de terapia buscan revalorar la palabra frente a la respuesta violenta; la palabra elaborada, sentida y pensada, que ha sido anulada por la violencia y que es desvalorizada por los operadores del sistema de justicia [18]. Creemos central el uso de la palabra como medio para expresar afectos y para poder relacionarse de otra manera. La palabra es también, por tanto, un mecanismo de denuncia para las mujeres.

Compartir estos diferentes afectos brinda la posibilidad de encontrar un otro que comparte su vivencia, su estado mental y que es capaz de establecer una sintonía con ellas. Recordemos que en las historias de violencia de estas mujeres los vínculos que suelen establecer no permiten un espacio para el reconocimiento mutuo de los afectos, de los deseos, de las fantasías, sino más bien pasa por anularlas como sujetos individuales y convertirlas (se) en objeto de deseo de los otros.

«Entendí que en realidad siempre me la he pasado pensando en ellos y nunca he pensado en mí. En eso me han ayudado estas terapias a entender que yo me he limitado a vivir en un sofá. Porque ese es mi espacio. Yo en mi casa, a pesar que es mi casa, vivo en un sofá y no me puedo mover de ahí»
(Claudia, 46 años).

Las mujeres logran así crear y dar espacio a esta nueva experiencia subjetiva, en donde a pesar de las resistencias se permiten la posibilidad del encuentro con un otro de manera diferente, lo cual es posible al pasar de la defensa y el temor a desarrollar un vínculo diferente hacia el deseo y la posibilidad de una nueva experiencia. Las mujeres se sienten reconocidas, con lugares simbólicos asignados, permitiéndose confiar en los otros, dejando de lado sentimientos como la culpabilidad o la vergüenza generados por las experiencias de violencia vividas. Van así construyendo y reconstruyendo sus historias, para poder construir un presente diferente, re- significando sus relaciones y la imagen que tienen de sí mismas y de su ser mujer.
NOTAS:
  1. ® El sistema deseante es aquel que se conforma de los diversos deseos de los miembros del grupo los cuales luchan por ser atendidos de manera excluyente y simultánea al interior del espacio grupal. En: Romero, R. y Sauane S. (1987). Grupo objeto y teoría. Buenos Aires: Lugar Editorial.

  2. ® El concepto de desmentida fue desarrollado inicialmente por Freud (Verleugnung) se refiere a aquel mecanismo inconsciente por medio del cual el sujeto percibe aspectos de la realidad que le generan sufrimiento o un desequilibrio psíquico e intenta negarlos, experiencias que por terribles o siniestros decide re negar.

  3. ® Velázquez, T. (2002). Violencia contra la mujer en relaciones de pareja: factores de riesgo y factores protectores. Tesis de Maestría en Evaluación Psicológica Clínica y Forense en la Universidad de Salamanca, España.

  4. ® Vega, M. (1995). Violencia en relaciones de pareja: una búsqueda en la subjetividad de las mujeres. Lima: DEMUS.

  5. ® Siles, A. (1995). Con el solo dicho de la agraviada. ¿Es discriminatoria la justicia en procesos por violación sexual de mujeres?. Lima: DEMUS.


 Capítulo IV. Vivencias diferentes de los grupos de terapia.
 Reflexiones finales.


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