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Por: Caballero, Amparo

La escuela en conflicto como escenario de socialización

13 de Julio de 2007. Análisis de la violencia escolar dentro del contexto social en que se da, como consecuencia, como síntoma, no como un hecho aislado; y propuestas para la resolución de conflictos

Agencia de Información FrayTito para América Latina.


La escuela como reflejo de la sociedad.

Si tuviéramos que elegir un contexto en el que se reflejen como en un crisol las diferentes características de una sociedad, probablemente éste sería la escuela. Nuestras escuelas son, en gran medida, fiel reflejo de nuestras sociedades, por eso resulta realmente sorprendente observar cómo en la mayoría de nuestras escuelas e institutos se tratan los conflictos que en ellas surgen. Parecería como si los niños, niñas y adolescentes que las habitan fueran seres de otro planeta, que siguieran otras reglas a las del resto de los habitantes de éste, si nos atenemos al modo en que los adultos se explican lo que a aquellos les pasa. Como si el hecho de que nuestros chavales respondan, a veces, de modo conflictivo e incluso violento fuera una especie de epidemia vírica, ajena al contexto en el que se desarrollan.

Se disocia el mundo escolar de la vida social general, de manera que los conflictos que ocurren en el interior de nuestros centros escolares nos escandalizan y preocupan, y convertimos a sus protagonistas en seres temibles, adolescentes peligrosos, poco menos que figuras patológicas, mientras que otros conflictos "extraescolares" son asumidos muchas veces como las consecuencias inevitables de un orden dado.

Desde ahí, rara es la semana que no saltan a las páginas de los diarios sucesos o anécdotas relacionadas con situaciones conflictivas en nuestras aulas. Entre líneas se escurren concepciones de tales hechos en las que no quedan dudas de quienes son los culpables: los chavales protagonistas de las mismas o (a veces "y") sus familias que no han sabido educarles convenientemente para que regulen su comportamiento.

Abordar, pues, el conflicto en nuestras escuelas e institutos requiere plantearse previamente algunas cuestiones que consideramos fundamentales, ya que dependiendo de donde se coloquen las causas y los responsables de los problemas, las soluciones que se adopten serán de una u otra naturaleza.

En primer lugar, el modo en que se decida abordar el conflicto dependerá de la concepción que se tenga del mismo y de la función social que se le atribuya a la misma escuela.

Sin intención de agotar el tema, recogemos algunas preguntas que podrían guiarnos en tal reflexión: ¿pueden entenderse los problemas de la institución escolar al margen de la estructura social de la que forma parte?, ¿Para quién está pensado este sistema escolar?, ¿Los profesores deben ser educadores o instructores?, ¿Cómo conjugar el derecho universal a la educación con la escolarización obligatoria?, ¿Cuál es la función social de la educación y en concreto, de la actual enseñanza secundaria?, ¿Para qué la escuela?

Si se entiende que la escuela está para formar a los que desean aprender, a los que se comportan bien y aprovechan las oportunidades que la institución ofrece para convertirse en hombres y mujeres bien preparados para insertarse en el mercado laboral, entonces, se considerará que nada se puede hacer con los alumnos rebeldes y por tanto se tratará de "neutralizarles", apartarles, para que con su comportamiento no interrumpan el "normal" ritmo de aprendizaje de sus compañeros. Si, por el contrario, consideramos que la escuela es un espacio privilegiado de convivencia cuya finalidad prioritaria es atender en sus necesidades de desarrollo y aprendizaje a todos y todas los estudiantes, con independencia de su actitud y motivación, y que precisamente con aquellos que se muestran díscolos y poco motivados es con los que hay que poner especial empeño, entonces se planificarán y pondrán en marcha todos los mecanismos al alcance con la intención de tratar de compensar las diferencias de partida, al menos hasta donde la institución escolar puede, que no es poco.

En segundo lugar, el modo en que se atienda el conflicto también dependerá, como decíamos, de la concepción que del conflicto mismo se tenga. Si el conflicto es asociado con una situación temible y siempre desastrosa, en la que el profesor pierde el control y se pone en entredicho su "poder", que tiene su origen en unos alumnos irreductibles, que son los propios alumnos o sus familias los culpables de su comportamiento, y que la escuela no tiene nada que hacer porque en absoluto contribuye a que el problema surja, la "solución" pasa por "más control", expedientar a los alumnos "causantes" de los conflictos y expulsarles de la escuela, y si la cosa se pone peor, los educadores y los responsables políticos de educación no tendrían problema en delegar parte de sus funciones en agentes de seguridad, en ocasiones privados, para intentar sostener un clima de tranquilidad en los centros escolares.

Si se considera que el objetivo de la escuela es atender a todo el alumnado, que la igualdad de oportunidades educativas va más allá de la escolarización obligatoria porque no todos los alumnos y alumnas parten de iguales condiciones cuando llegan a la escuela y que el sistema educativo está obligado a poner todos sus recursos para poder atender las necesidades de quienes parten de una situación de desigualdad, sea ésta del tipo que sea, si se entiende que cuando surge un conflicto podemos tener ante nosotros una oportunidad privilegiada para aprender cuestiones que de otro modo sería difícil aprender; que siempre hay al menos dos partes involucradas y que no se trata de buscar al culpable y penalizarle, sino de resolver el problema, entonces tendrá pleno sentido poner en marcha todos los mecanismos educativos disponibles para hacer posible una educación que facilite y promueva la convivencia en nuestros centros escolares.

A estas alturas, creemos que no sorprenderá que digamos que la interpretación del conflicto que frecuenta nuestras escuelas es la primera, no la segunda, salvando honrosas excepciones.

Si a esto añadimos el contexto cada vez más mestizo, multicultural y diverso de nuestras aulas, el asunto se complejiza un poco más y también será necesario saber qué entendemos por diversidad para comprender cómo se actúa. Si la diversidad se entiende como heterogeneidad, como riqueza de lo diverso, será una oportunidad para encontrarme con nuevas experiencias, nuevos puntos de vista, una oportunidad para aprender mucho más de lo que cuenta el libro. Si por el contrario es entendida como problema, como dificultad para homogeneizar, para tratar al grupo como a uno sólo, la diversidad se convierte en una pesadilla, porque si tuviéramos aulas de clones, todos similares, no habría que atender a diferencias de motivación, conocimiento o capacidad y la cosa sería más fácil... para el profe, claro. También sería, además de imposible, mucho más pobre, aburrida e inhumana, desde luego.

La violencia escolar como síntoma, como indicador de que algo no funciona en nuestro mundo, no de que algo no funciona en nuestros niños y niñas.


 El modelo de socialización.
 El papel de los medios de comunicación.
 ¿Cómo actúa nuestra escuela ante el conflicto?.
 Nuestra propuesta.
  No temer el conflicto.
  Fomentar la participación.
Fuente original:http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?lang=ES&cod=28492.

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