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Por: Martínez, Claudia · Mutasah, Tawanda

¿Quién va a detener a los torturadores de Zimbabwe?

24 de Mayo de 2007. Nunca había visto una ametralladora de combate en un hospital civil hasta el día en que fui a la Clínica Avenues en la ciudad de Harare a visitar a dos líderes prodemocráticas, mujeres que acababan de sobrevivir a una golpiza brutal y metódica a manos de la policía.

Project Syndicate.


"Tuvimos que soportar una tortura inenarrable. Esa noche, cada vez que oíamos el ruido de las botas que regresaban, se nos aflojaban las entrañas”, dijo Grace Kwinjeh, al relatar la experiencia horrorosa por la que ella y Sekai Holland, 64, habían tenido que pasar.



Ahora intentaban curarse bajo vigilancia armada y oían las mismas botas que se acercaban a sus camas de manera intermitente durante toda la noche.



El “11/3” de Zimbabwe –el día en que 50 personas partieron para asistir a un encuentro de oración pero terminaron sufriendo horas de tortura perpetrada por agentes de seguridad- conmocionaron al mundo y alimentaron la esperanza de que finalmente pudiera frenarse la impunidad del presidente Robert Mugabe. Sin embargo, apenas un mes después, las cámaras de los noticieros de televisión están enfocadas en otra parte y los líderes internacionales apagan los teléfonos, negándose a oír los lamentos agudos que provienen de Zimbabwe.



¿Por qué? Hay dos razones. Primero, los líderes sudafricanos le dijeron al mundo que deben dejar en sus manos la resolución del problema de Zimbabwe. Segundo, las nuevas víctimas de las medidas enérgicas de Mugabe son personas “menores” –organizadores prodemocráticos callejeros, conocidos en sus comunidades pero escasamente reconocidos en el distrito vecino, para no hablar del resto del mundo.



Al menos 600 de estos organizadores han sido secuestrados y torturados por agentes del terrorismo de Estado este año. Lejos de ser castigado por toda la atención, el régimen de Mugabe agudizó sus esfuerzos, invadiendo hogares por la noche, secuestrando líderes y activistas locales y llevándolos a celdas en comisarías aisladas. Los oficiales que protestan son sometidos a cortes marciales y transferidos a comisarías remotas. Un periodista recientemente fue asesinado. Y para que no protesten con demasiada estridencia, se les advirtió a las organizaciones no gubernamentales que pueden perder su licencia para operar.



Al mundo le dijeron –como tantas veces en los últimos siete años- que dejara el asunto en manos de la diplomacia tranquila del presidente sudafricano, Thabo Mbeki. Sin embargo, la represión y la violencia no hicieron más que intensificarse desde que Mbeki recibió el mandato de los jefes de Estado vecinos. Lejos de condenar a Mugabe, reclamaron que “se levantaran todas las formas de sanciones contra Zimbabwe” e insistieron en que las elecciones escandalosamente manipuladas de los últimos seis años habían sido libres y justas.



No sorprende que Mubage se haya envalentonado y que las brigadas del terror ahora abiertamente se ufanen frente a sus víctimas de que no quedará ninguna oposición para cuando se lleven a cabo las elecciones el año próximo. Los esfuerzos de los líderes africanos progresistas que buscan una solución para la crisis de Zimbabwe son bienvenidos, por supuesto. Pero, mientras se buscan y se debaten las soluciones africanas para las cuestiones constitucionales, electorales y económicas que enfrenta el país, la realidad de la tortura y los secuestros es una cuestión urgente que literalmente reclama a gritos una intervención inmediata. ¿La comunidad internacional no tiene responsabilidad de proteger?



En su libro seminal de 2003 America and the Age of Genocide (Estados Unidos y la era del genocidio), Samantha Power advertía que cuando se trata de prevenir la pérdida de la vida y la tortura de grupos e individuos en manos de regímenes armados y predatorios, la comunidad mundial siempre hace demasiado poco demasiado tarde.



Sin embargo, en 2005, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas correctamente decidió discutir la Operación Murambatsvina, por la cual el gobierno de Zimbabwe destruyó el hogar de 700.000 personas y la vida de por lo menos el 20% de la población pobre de Zimbabwe. Ahora, Zimbabwe está nuevamente en un punto en el que las Naciones Unidas necesitan actuar para poner fin a la escalada de secuestros y tortura.



El embajador de Sudáfrica en las Naciones Unidas, Dumisani Kumalo, sostiene que la crisis de Zimbabwe no es una cuestión apropiada para el Consejo de Seguridad, porque no amenaza la paz y la seguridad internacional. Sin embargo, el propio Mbeki se refirió a la inmensa “carga” humanitaria que recae sobre su país como resultado del caos en la puerta de al lado. Por cierto, tres millones de habitantes de Zimbabwe huyeron a los países vecinos, propiciando un incremento de la pobreza, el delito y la xenofobia.



Debemos aprender de la historia. Sin duda, el embajador Kumalo estuvo de acuerdo cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas sancionó su resolución del 30 de septiembre de 1974 contra Sudáfrica. Sin embargo, no se la sancionó por la amenaza que implicaba el apartheid para la seguridad, sino por su grave violación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.



En resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas este año sobre Somalia, Haití, la República Democrática de Congo y otros, el Consejo de Seguridad observó pertinentemente que los abusos serios de los derechos humanos plantean una amenaza para la paz y la seguridad en las regiones donde se encuentran esos Estados. La crisis de Zimbabwe cumple con este patrón.



El secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, y su comisionada para derechos humanos, Louise Arbor, tuvieron un buen comienzo cuado se refirieron a los abusos en Zimbabwe en el mes de marzo. La ONU podría dar el próximo paso y enviar una misión para analizar, monitorear y reclamar el fin de los secuestros y la tortura, y también proteger a los defensores de los derechos humanos. Esto recae, claramente, dentro de la responsabilidad de la ONU de proteger, no importa qué iniciativas diplomáticas locales adopten los líderes africanos ni cómo se sienta Sudáfrica al respecto. Es inconcebible que nadie, hasta el momento, haya estado dispuesto a intentar frenar a los perpetradores del terror de Zimbabwe.

Fuente original:http://www.project-syndicate.org/commentary/mutasah1/Spanish.

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