Informes y estudios
Historias de violencia que se repiten. Grupos de terapia: un espacio para ser diferente
Autores corporativos:
Ayuntamiento de Alcobendas (financiadora)
Diputación Provincial de Granada (financiadora)
Estudio para la Defensa de los Derechos de la Mujer (canal; editora)
Fundación Ford (financiadora)
Humanist Institute for Co-operation with Developing Countries (financiadora)

Autores personales:
Fernández G., Adriana (Autor/a)
Gonzales B., Katia (Autor/a)
Paredes, Giannina (Autor/a)
Velázquez, Tesania (Autor/a)

Descripción
Fecha:
1 de Diciembre de 2006
Entradilla:
Esta publicación nos ofrece la experiencia sistematizada del equipo psicológico de DEMUS, de atención a mujeres afectadas por violencia en sus relaciones de pareja. Nos plantea cómo el trabajo con grupos se ha ido constituyendo en una alternativa para ofrecer atención psicológica.

La propuesta metodológica que comparten es el resultado de una experiencia de proceso en el que han ido implementando estrategias diversas, como el uso de «la llamada telefónica» para promover espacios de continuidad, de escucha y de contención, en contraste con las experiencias emocionales de encierro, de ruptura, de falta de reconocimiento, aislamiento, silencio y desborde. Lo que nos ofrecen es un modelo de relaciones humanas en construcción, alternativo a la violencia.
Publicado en:
Gloobalhoy nº10 - 11
Secciones GloobalHoy:
015- Ella, el,-las, los...
Clasificación
Escenarios:
Estatal
Descriptores:
Mujeres ; Violencia de género ; Violencia doméstica ; Violencia sexual
Países:
Perú
Documento
 Índice:
     Prólogo.
     Introducción.
     Capítulo I. Aspectos generales de los grupos de terapia.
     Capítulo II. Construcción de un espacio grupal.
     Capítulo III. Aspectos dinámicos al interior del grupo.
     Capítulo IV. Vivencias diferentes de los grupos de terapia.
     Reflexiones finales.
Prólogo.
La publicación de «Historias de Violencia que se Repiten». Grupos de terapia: un espacio para ser diferente, nos pone en contacto con el inicio del diálogo entre abogadas y psicólogas en DEMUS y con la historia del servicio psicológico de DEMUS. Hace algo más de 10 años, DEMUS era una institución constituida fundamentalmente por un equipo de abogadas que ofrecían un servicio legal. Hasta entonces, la manera de intervenir de DEMUS en la defensa de los derechos de las mujeres tenía una aproximación jurídica y se valían del marco normativo para resolver los problemas que traían las mujeres, y para tratar de poner un alto a la violencia de la que eran objeto por parte de sus parejas.

Sin embargo, el equipo de abogadas advirtió que en los procesos legales que seguían, eran las propias mujeres agredidas las que ofrecían resistencia para continuar, abandonaban el servicio que se les ofrecía, se volvían a involucrar en relaciones de violencia con nuevas parejas y podían quedar atrapadas en dinámicas con papeles intercambiables de agredidas y agresoras.

Fue así, con esta inquietud y preocupación por la complejidad de la violencia en las relaciones humanas, que DEMUS inició un diálogo entre abogadas y psicólogas, diálogo al que me invitaron a participar, y que permitió abrir un espacio psicológico para un grupo de mujeres que demandaban ayuda legal.

Además de dar contención emocional al grupo, el objetivo fue explorar, a partir del encuentro, cuál era el impacto de la violencia en la subjetividad de las mujeres que participaban de este espacio, qué ocurría en el mundo interior de estas personas que parecían boicotear sus propios procesos de autonomía y que en muchos casos terminaban por reproducir la violencia y el desborde. En otras palabras, indagar en la manera cómo se gesta la violencia, cómo se instala en el psiquismo de las personas y cómo se reproduce.

Durante estos últimos años DEMUS ha venido desarrollando una propuesta de intervención con una mirada más integral que ha nutrido su práctica. Nos ofrece un Modelo de Atención Integral para mujeres afectadas por violencia, con un servicio psicológico vinculado con el servicio legal.

Este enfoque integral no está libre de dificultades. Además de abrirse a la posibilidad de ampliar la comprensión, este diálogo entre psicólogas y abogadas representa nuevos desafíos. Demanda transitar por la difícil tarea de tejer una trama entre ambas perspectivas. Desde el campo de la psicología, indagar en el terreno de la subjetividad e incorporarlo en la comprensión de la situación de las mujeres para iluminar los mecanismos psicológicos que se activan en una dinámica de violencia, significa aceptar e involucrarse en procesos largos, lo que puede derivar en una falta de correspondencia entre los tiempos que demandan los procesos legales y los tiempos subjetivos. Asimismo, asimilar y adecuarse a las distintas miradas que proponen ambas intervenciones nos reta a integrar una escucha distinta de la experiencia que traen las mujeres. Mientras que para el sistema legal es imperativo buscar las pruebas para lograr contar con el amparo de un marco jurídico, desde la escucha psicológica el dato adquiere significado a partir del encuentro que surge entre la psicóloga que brinda atención y la mujer que está siendo atendida; importa todo lo que trae como asociaciones libres, lo expresado verbalmente y el lenguaje no verbal, lo manifiesto y lo latente. Cuando nos aproximamos desde la dimensión subjetiva el objetivo de la escucha activa no es la búsqueda de certeza sino la búsqueda de la profundidad del sentido.

Esta publicación nos ofrece la experiencia sistematizada del equipo psicológico de atención a mujeres afectadas por violencia en sus relaciones de pareja. Nos plantea cómo el trabajo con grupos se ha ido constituyendo en una alternativa para ofrecer atención psicológica.

La propuesta metodológica que comparten es el resultado de una experiencia de proceso en el que han ido implementando estrategias diversas, como el uso de «la llamada telefónica » para promover espacios de continuidad, de escucha y de contención, en contraste con las experiencias emocionales de encierro, de ruptura, de falta de reconocimiento, aislamiento, silencio y desborde. Lo que nos ofrecen es un modelo de relaciones humanas en construcción, alternativo a la violencia.

Esta publicación recoge la experiencia sostenida por el equipo, sus logros y dificultades. Nos expone los diferentes momentos por los que atraviesa el grupo terapéutico, sus ansiedades, sus tareas. Permite conocer y sentir un poco más la manera cómo la violencia impacta en las mujeres, la manera cómo se involucran en el grupo, y la manera cómo impacta esta violencia en las propias profesionales que atienden en el servicio.

DEMUS a través de este análisis y reflexión sobre su experiencia, nos acerca a la posibilidad de aportar de una mejor manera a los procesos de separación e individuación de las mujeres atrapadas en dinámicas de violencia. Con ello contribuye a que las mujeres puedan desarrollar un vínculo más enriquecedor, más libre y gratificante, basado en la capacidad de ser conscientes no sólo de aquello que nos diferencia sino también de aquello que nos conecta con el otro.


Introducción.
La violencia contra las mujeres en relación de pareja, es un fenómeno complejo que evidencia la situación de discriminación por razones de género en nuestra sociedad, la cual llega a ser percibida como natural, es tolerada y muchas veces alentada socialmente. Frente a esta realidad se han ido desarrollando diferentes enfoques y miradas para abordar e intervenir en esta problemática.

A pesar de los datos estadísticos [1] que dan cuenta de una abrumadora realidad, en nuestra sociedad hay una ausencia de servicios especializados y de calidad que atiendan a mujeres que hayan sufrido violencia. DEMUS, Estudio para la Defensa de los Derechos de la Mujer, es una ONG que desde hace algunos años viene desarrollando un Modelo de Atención Integral para mujeres que sufren violencia. Este modelo se sustenta en un enfoque de género, que permite reconocer la violencia contra las mujeres como expresión de las relaciones de poder, basadas en construcciones sociales sobre lo masculino y lo femenino; en un enfoque crítico del derecho, que denuncia un sistema normativo y legal construido a partir de las mismas representaciones sociales, pero reconoce su carácter central como espacio de disputa y poder. Finalmente, este modelo está basado en un enfoque psicodinámico, que permite rescatar la dinámica intersubjetiva de las mujeres que viven violencia y evidenciar el impacto de esta experiencia en su salud mental. Partiendo de la teoría psicoanalítica, nuestro enfoque cuestiona miradas falocéntricas del desarrollo psíquico humano.

En sus inicios, DEMUS se constituyó como un estudio de defensa legal de los derechos de las mujeres e inaugura, en la década de los 80, servicios legales de atención, que funcionan en su local institucional y en la Comisaría de Mujeres de Lima (actualmente CAVIFAM), y luego desarrolla un servicio telefónico de atención. Este trabajo, si bien evidenció las dificultades para acceder al sistema de justicia y la presencia de obstáculos a nivel de las mentalidades de los operadores, demostró que la violencia requiere de una comprensión integral que también evidencie la dinámica interna y la vivencia subjetiva de las mujeres que están involucradas en una relación violenta.

Es así como se incorpora el trabajo psicológico en los diferentes servicios de atención, lo cual no sólo permitió una mejor comprensión de la dinámica de la violencia, sino la construcción de un modelo de atención integral, donde la escucha y la contención emocional se sumaron a la orientación y a la defensa legal. Nos planteamos diferentes preguntas y retos en este proceso de construcción de un servicio psicológico de atención a mujeres que sufren violencia, partiendo de un enfoque de género y en el marco de una institución y diálogo interdisciplinario. No obstante, cabe señalar que en los años previos se han desarrollado algunas experiencias psicológicas e interdisciplinarias [2] que se nos ofrecieron como líneas orientadoras en nuestro proceso de búsqueda.

A partir del año 2001, se desarrollan en DEMUS grupos de terapia con mujeres que viven o han vivido violencia en sus relaciones de pareja. Estos grupos se han venido realizando por un período de cuatro años, luego del cual fue necesario hacer un alto en la tarea y contar con un espacio de reflexión y análisis del impacto de los grupos en las mujeres participantes,en las profesionales involucradas, en la propuesta del Modelo de Atención Integral y en la institución en su conjunto.

Los grupos terapéuticos surgen, por un lado, frente a la demanda numérica de usuarias en los servicios de atención; y por otro lado, de la necesidad de implementar nuevas formas de intervención psicológica, tomando en cuenta el marco institucional, el diálogo con los enfoques de trabajo, así como los recursos institucionales en términos de tiempos, espacios y profesionales a cargo. Ello en el marco de reconocer la importancia que tiene para las mujeres, contar con espacios sostenidos para pensar, reflexionar, sentir, elaborar y compartir sus historias y experiencias de violencia.

Este documento recoge la elaboración y reflexión colectiva de las diferentes profesionales involucradas a lo largo de estos años, en los 7 grupos de terapia llevados a cabo en la institución, que han supuesto un promedio de más de 60 mujeres participantes. Ha supuesto revisar y replantear el camino recorrido a lo largo de este tiempo, volver sobre cada una de las experiencias grupales, los procesos de convocatoria, las psicoterapeutas y las participantes. Además, hemos realizado entrevistas a profundidad a una muestra aleatoria de mujeres participantes de los diferentes grupos, para recoger el impacto y conocer el significado de la experiencia en su vida posterior. Se han llevado a cabo 12 entrevistas, las cuales son utilizadas como un insumo central en la elaboración de este documento de sistematización.

Tal como se ha señalado, se parte de un enfoque psicodinámico para el desarrollo de la intervención y para la elaboración de la misma; sin embargo, fue necesario en más de una ocasión, interpelar la teoría y la técnica para responder al desafío que supone este trabajo en particular. Se fueron desarrollando diferentes formas de responder a los desafíos que los grupos y las participantes iban demandando, así como a los retos que se planteaban desde las profesionales a lo largo de este tiempo, sin dejar fuera los desafíos que desde la institución se fueron configurando.

Ha sido difícil encontrar líneas comunes y mantener la especificidad de cada experiencia grupal y de cada grupo de participantes; creemos que este documento no es sólo una sistematización de la experiencia sino que es un relato del proceso que fuimos construyendo y que queremos compartir. Este proceso nos ha demandado un esfuerzo y un tiempo mayor a lo esperado, ha requerido un trabajo de reflexión individual y grupal del equipo de psicólogas que durante estos años ha estado involucrado en la coordinación de los grupos. Esta experiencia de sistematización nos ha permitido no sólo escuchar a las mujeres sino también escucharnos a nosotras mismas y dar cuenta del impacto de la experiencia en nuestro desarrollo personal y profesional.

Es así cómo el primer capítulo da cuenta de los aspectos generales encontrados en los grupos de terapia focalizando en los conceptos de encuadre y la definición de objetivos. El segundo capítulo enfatiza sobre el proceso de construcción del espacio grupal así como las particularidades que se observan al trabajar con este tipo de problemática. El tercer capítulo plantea un análisis sobre el diálogo que existe entre la dinámica interna del grupo y los procesos internos de cada una de las participantes y de la violencia. El cuarto capítulo da cuenta de las diferentes vivencias de las mujeres al pasar por esta experiencia grupal y terminamos planteando algunas reflexiones.

Finalmente queremos agradecer a DEMUS por la confianza depositada en nosotras para realizar esta experiencia. A Entrepueblos, Ayuntamiento de Alcobendas y Diputación de Granada, Hivos y la Fundación Ford, por la apuesta común en el trabajo por relaciones de género basadas en la equidad y sin violencia. A Paula Escribens y Verónicka Vigil por su trabajo en la elaboración de las entrevistas. A Maria Pía Costa por su interés y sus valiosos aportes para la realización de este documento.
NOTAS:
  1. ® En el Perú, el 48% de las mujeres de Lima y el 61% de Cusco reportan haber sufrido violencia física por parte de su pareja en Güezmes, A.; Palomino, N. y Ramos, M. (2002). Violencia sexual y física contra las mujeres en el Perú. Estudio Multicéntrico de la OMS sobre la violencia de pareja y la salud de las mujeres. Lima: Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, Organización Mundial de la Salud (OPS) y Universidad Peruana Cayetano Heredia.

  2. ® Vega, M. (1996). Violencia en relaciones de pareja: una búsqueda en la subjetividad de las mujeres. Lima: DEMUS.


Capítulo I. Aspectos generales de los grupos de terapia.
Las participantes de los grupos son mujeres que acudieron a los diferentes servicios de atención de DEMUS y que aceptaron la propuesta de participar en los grupos de terapia que ofrecíamos. En esta primera parte vamos a presentar algunos datos que nos permitan conocer a estas mujeres y luego nos centraremos en algunas reflexiones con relación al encuadre y a los objetivos de los grupos terapéuticos.

El trabajo con mujeres que sufren violencia implica un constante repensar la técnica, en tanto la violencia irrumpe principalmente en los aspectos organizadores de la experiencia. Es en el encuadre y en su formulación donde se dio un mayor desarrollo, no sólo en los aspectos externos y concretos, como el horario, el tiempo de duración, las llamadas telefónicas, sino también en los internos y simbólicos, es decir, en las representaciones internas de estos límites desde las mismas mujeres.

Características de las participantes.

Los grupos estuvieron conformados por mujeres que viven situaciones de violencia al interior de sus relaciones de pareja; ya sea violencia física, psicológica y/o sexual y que acuden a los servicios a solicitar ayuda o a pedir alguna información. Si bien no hay una búsqueda clara y definida de un apoyo psicológico, existe el interés y la demanda por recibir algún tipo de ayuda, la cual en algunos casos no es explícita y no reconoce la experiencia de violencia como motivo de este pedido.

Es así cómo las mujeres que participaron de estos grupos se acercaron principalmente buscando ayuda legal, ya sea por motivación propia o por recomendación de algún familiar; sin embargo, la atención ofrecida por la institución al ser integral brinda primero un espacio de atención psicológica y es en estos espacios en donde se les invita a participar de la terapia grupal.

«Fui a presentar una denuncia () por eso me fui a la comisaría de la mujer.
Ahí me enteré que habían charlas, grupos de ayuda, bueno me pareció bien, primero tuve una consulta psicológica y luego con la abogada, me pareció bien, me invitaron y participé pues»
(Mariana, 30 años).

«Yo tenía problemas con mi esposo, sufría maltrato psicológico, ¿no? Y yo no sabía de eso no? Una vez cuando estaba yo muy mal, muy mal, no sabía qué hacer, no sé qué me dio de agarrar la guía telefónica y llamé a Demus, entonces yo marqué el número así al azar Yo quería más que nada asesorarmeestaba muy mal, deprimida, me dijeron que si yo quería recibir terapia, al principio tuve un poco de temor porque no sabía cómo era ¿no?»(Julia, 48 años).

Muchas de las mujeres que acuden a los servicios de atención no conocen la ayuda psicológica que se brinda y por ende no la consideran como una posibilidad. Sin embargo, al ofrecerse un espacio de escucha, se abre también en ellas un espacio mental para reconocer que la situación de violencia en la que viven tiene un impacto a nivel emocional. Lo psicológico va ocupando un lugar importante en la comprensión y atención de diferentes problemáticas sociales, como se observa en algunas fuentes [3] que muestran el creciente interés por ayuda psicológica en los diferentes servicios de atención que se ofrecen en nuestro medio.

Las mujeres participantes tienen entre 20 y 60 años de edad; la mayor parte de ellas se ubican en el rango entre 30 y 40 años. En su mayoría residen actualmente en Lima Metropolitana y un 50% nació en provincia. Cabe señalar que una de las participantes residía en Ica y asistía semanalmente al grupo. La mayoría ha culminado la educación secundaria y algunas cuentan con educación superior. En cuanto a su situación laboral, un 50% de ellas trabaja fuera de la casa y el otro 50% se dedica a su hogar. En general, son mujeres pertenecientes a niveles socioeconómicos medios y bajos de nuestra sociedad.

Esto nos muestra cómo a pesar de la homogeneidad de la experiencia de violencia, las otras variables dan cuenta de su heterogeneidad como mujeres y como grupo, tal como lo señala una de las líneas de investigación más trabajadas en el tema de violencia contra las mujeres, que evidencia una asociación entre pobreza y violencia; sin embargo, los resultados de los estudios [4] son contradictorios pues si bien en algunos países se encuentra que la pobreza es un factor de riesgo, en otros esta variable no es significativa. En este caso la variable socioeconómica no es unicausal sino que es tan importante como otras variables de orden ideológico cultural, como lo es la construcción de la identidad de género.

Encuadre y objetivos.

El encuadre es una variable importante en todo proceso de intervención psicológica. En la terapia grupal se define desde las normas y acuerdos que se plantean a las participantes y que configuran los aspectos formales de esta dinámica. Son las reglas de juego que delimitan el campo de acción lugar, tiempo, duración y que definen los roles entre las terapeutas y las participantes.

La violencia implica no reconocer el deseo del otro; supone invisibilizarlo como sujeto anulando los límites y las diferencias existentes; en ese sentido, las mujeres utilizan el encuadre como medio de expresión de sus conflictos y repiten con las profesionales involucradas la relación de violencia de la cual forman parte. Esto se puede observar cuando se desconocen los límites, los objetivos de la terapia grupal o no se valora la importancia del espacio como tal. La violencia actúa así en el encuadre y en todo aquello que organizan las intervenciones terapéuticas. Por tanto, el trabajo con mujeres que viven en una situación de violencia supone estar constantemente en alerta a su impacto, principalmente sobre el rol de la terapeuta y lleva a tener que recrear y ser flexibles con los límites planteados para hacer sostenible el proceso.

La convocatoria considera a aquellas usuarias que hayan asistido a alguno de los tres servicios de atención integral de DEMUS. Al ser atendida por la psicóloga, ésta evalúa la situación, demanda y motivación de la mujer y, en función de ello, le presenta el grupo terapéutico y sus objetivos. Además, se descarta sintomatología psicótica como condición necesaria para ser invitada a participar del espacio terapéutico.

Los grupos tienen un primer momento de sesiones abiertas, las cuales se focalizan por un lado, en la alianza terapéutica que enfatiza en el vínculo, la confianza y empatía, elementos necesarios para que se inicie y se sostenga el proceso de terapia; y por otro lado, en el diagnóstico que permite ofrecer la ayuda idónea a cada participante. En esta primera etapa el número de mujeres participantes siempre fue mayor, llegando muchas veces a ser 12 en el grupo. Sin embargo, se observa que en promedio sólo la mitad de ellas continúan con el proceso hasta el final. Creemos que no es fácil sostenerse en un proceso terapéutico que implica confrontarse consigo misma, con las demás mujeres y con la violencia en la que se encuentran inmersas.

El trabajo terapéutico con mujeres que sufren violencia exigió de nosotras una flexibilidad en la construcción del encuadre y del proceso. En ese sentido, uno de los aspectos principales que estructuró al grupo y le dio cierta constancia, fue el de las llamadas telefónicas. Estas llamadas las realiza una de las terapeutas del grupo, semanalmente un día antes de la sesión, a manera de recordatorio: «las estaremos esperando el día de mañana, a la misma hora, como siempre».

Esto se realizó con todos los grupos y las mujeres participantes lo valoraron como uno de los hechos más significativos. En el marco de la convocatoria para iniciar el grupo terapéutico se llama por teléfono a aquellas mujeres a las cuales se ha invitado a participar, lo que permite establecer un primer vínculo telefónico con la participante, que luego se sostiene a lo largo de todo el proceso.

Para las mujeres las llamadas telefónicas tienen diversas connotaciones. En algunos casos significaron un puente permanente que permitió que las participantes sintieran una conexión concreta con el grupo y se sientan reconocidas en el espacio terapéutico. En otros casos las llamadas generaron sentimientos de desconfianza. Las participantes refieren de manera manifiesta el temor a que sus familiares se enteren de su asistencia; sin embargo, es también la desconfianza de vincularse, de perder el control de la situación, de comprometerse y a su vez de sentirse reconocidas por el otro. Ambas vivencias evidencian los sentimientos ambivalentes entre el deseo de reconocimiento y a su vez el temor y la desconfianza de lo que significa una relación diferente.

«Te hacen recordar y te dan confianza, entonces uno ya tiene el valor de ir»(Julia, 48 años).

«A mí me parece bien, porque es para que uno no se olvide de ir, que uno debería darse un tiempo para nosotras mismas ¿no? y que había una persona que estaba pendiente» (Mariana, 30 años).

Para algunas mujeres, las llamadas telefónicas también tienen un sentido de «permiso para regresar». Ello porque en algunas participantes existe una fantasía de daño, ya sea por los contenidos de sus historias o por los sentimientos agresivos vividos contra las otras mujeres, las terapeutas o el grupo. Esta fantasía implica que durante la sesión anterior han hecho mucho daño y no «merecen» regresar al grupo, frente a lo cual las llamadas telefónicas cumplen un rol reparador, generando poco a poco desde el vínculo terapeuta-mujer-grupo, la sensación de confianza y de permanencia.

«Estas llamadas eran muy buenas, a veces una no tenía ni quién la llame. Era muy importante porque nos hacía recordar. Se sentía algo importante. Se sentía que alguien se preocupaba porque estemos ahí, porque no nos olvidemos que era algo importante para nosotras Mostraban interés, esa es la palabra. Como si dijeran: te recordamos para que asistas a la reunión»(Mariana, 30 años).

«Así como nos llamaban íbamos. Porque si no nos hacen acordar de repente no regresábamos. De esa manera te dan confianza y entonces uno ya tiene el valor para ir Es que cómo se sentirá la señorita con las cosas que hemos dialogado, se sentirá mal con los problemas ajenos»(Julia, 48 años).

«Esto te permite organizarte. Te dicen puede usted venir, contamos con usted, usted puede integrarlo a mí me encanta, normalmente yo estoy en casa, mi trabajo, mis hijos, a todos les digo: me voy a Demus; porque se trata de mi persona, de estar bien interiormente, entonces yo me siento muy bien» (Milagros, 46 años).

Sin embargo, entender el sentido de estas llamadas fue cuestionado en determinados momentos, evaluando si eran realmente necesarias o más bien reforzaban lazos de dependencia. Nos preguntamos si las llamadas eran más una necesidad nuestra de mantener el vínculo con las mujeres y «asegurar» así su participación, o expresaban el temor de su ausencia y el vacío que supone que no acudan a la sesión. No obstante, y tratando de no reforzar relaciones tutelares, las llamadas se valoraron como algo importante dentro del proceso y se mantuvieron como parte del encuadre.

Si bien es cierto que trabajar con poblaciones en riesgo y con características tan particulares como supone un grupo de mujeres que viven violencia, implica una constante recreación de nuestra intervención y un diálogo interdisciplinario fluido, se requiere contar con límites claros y definidos ya que parte de lo que se intenta ofrecer en la relación es un nuevo modelo de contención; es decir, una nueva forma de relación entre dos personas que se reconocen como iguales.

El objetivo de los grupos de terapia es ofrecer a las mujeres un espacio de escucha y contención emocional, así como de reflexión sobre la dinámica de la violencia y los vínculos que establecen. Las terapeutas recogen el material narrado y lo devuelven, con lo cual se abre la posibilidad de que las mujeres de manera conjunta e individual (re) signifiquen y (re) construyan sus historias de vida.

«Bueno, nos hacían entender de que siempre hay una persona que nos mira y que se preocupa de alguna manera de nosotros, uno ve que ahí no se acaba la vida, tenemos alicientes como para seguir adelante, nuestros hijos, nuestra propia vida que la dejamos a un lado» (Milagros, 39 años).

«Creo que necesitaba algo, necesitaba que alguien me entendiera, escuchar respuestas, necesitaba algo... me hizo bien, más que todo me sentía sola, sentía problemas fuertes y no sabía cómo desarrollarme, estaba perdida. El grupo me ayudó y me di cuenta que no era la única, que habían varias personas como yo» (Mariana, 30 años).

Además el grupo abre la posibilidad de conocer y compartir que la violencia que experimentan no es un hecho aislado, sino que es un fenómeno social que trasciende a su propia experiencia. Como señala la viñeta anterior, el compartir permitió reconocerse en el otro y desde ahí volver a su propia experiencia con mayor posibilidad de elaboración. Los otros se configuran como espejos reveladores del sí mismo brindando así la posibilidad de reconocerse.

Parte central del trabajo con grupos de terapia son los espacios de supervisión para las terapeutas. Estos fueron reuniones de discusión sostenidas a cargo de una psicoanalista con experiencia en la temática de violencia. La supervisión nos permitió entender la dinámica de los grupos, los diferentes afectos y sentimientos que se activan en las sesiones y brindó la posibilidad de un espacio de elaboración necesario frente a esta experiencia. No debemos perder de vista que las profesionales a cargo forman parte de este encuentro que dejará una huella también en ellas.
NOTAS:
  1. ® DEMUS (2000). Encuesta a usuarias de DEMUNAS por motivo de violencia familiar sobre calidad de los servicios. Documento interno.

  2. ® Farrington, K. (1986). The apliccation of stress theory to the study of familiy violence: principles, problems and prospects. Journal of Family Violence, 1 (2), 131-147; Morrison, A. y Orlando, M. (1999). El impacto socioeconómico de la violencia doméstica: Chile y Nicaragua. En A. Morrison y M. Loreto (Eds.), El costo del silencio. Violencia doméstica en las Américas (pp. 49-80). New York: Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y Gonzales, E y Gavilano, P. (1998). Pobreza y violencia doméstica contra la mujer en Lima Metropolitana. Documento de Trabajo N° 94. Lima: IEP.


Capítulo II. Construcción de un espacio grupal.
El espacio grupal se define como el lugar en el que se organizan los vínculos intersubjetivos entre las diferentes integrantes. A partir de la dinámica interna y la historia de los vínculos de cada una, el grupo se constituye como un espacio en donde se articula el psiquismo individual con el psiquismo grupal [5]. El grupo llega a significar un objeto en sí mismo y constituye un conjunto que no es igual a la suma de los miembros. Cada una de las participantes asume diferentes roles, como emergente o portavoz de alguna dificultad, fantasía, deseo y/o sentimiento del grupo.

Los grupos pasan por un proceso de construcción en el cual podemos establecer diferentes momentos que marcan la dinámica grupal y que están determinados por contenidos afectivos, fantasías, deseos y acciones que crean un clima específico y van configurando el espacio grupal.

Encontrando un espacio dentro del grupo.

En un momento inicial el grupo es vivido como una amenaza primaria para la persona, ya que afecta la noción de unidad e identidad básica de todo individuo. Mientras que en las relaciones interpersonales cada uno se siente sujeto y busca del otro el reconocimiento y la satisfacción de sus deseos, en un grupo con gente desconocida, cara a cara, cada uno intenta imponer sus deseos, lo cual se vuelve casi insoportable para el sujeto, ya que se corre el riesgo de perderse entre los deseos de los otros y de no existir como unidad, como sí mismo[6]. Se revive así el miedo primario de fusión con la figura materna, la cual representa el cuidado y la alimentación pero, también, una amenaza de pérdida de identidad y de no reconocimiento.

«Yo no pude venir la semana pasada (2da sesión) porque estaba enferma, todavía estoy un poco mal y han venido las mismas señoras de la primera vez o han venido otras? porque si venían las mismas casi no había sitio no entrábamos» (Fabiola, 43 años).

La tarea inicial es existir como grupo, para lo que es necesario superar la sensación de pérdida de identidad de cada miembro. Es en este momento que algunas mujeres huyen del grupo ausentándose, quedándose en silencio o más bien colmando las sesiones de sus deseos, imponiéndolos y compitiendo con las demás por un espacio dentro de esta historia.

«más escuchaba a las demás personas, y sí habían momentos en que y yo decía ¿yo cuándo hablo?» (Mercedes, 45 años).

En este momento el grupo se ofrece como un espacio de contención para el desborde de sentimientos que aparecen asociados a la problemática de violencia. Cada una de las participantes refiere las experiencias traumáticas vividas y las razones por las cuales acuden al servicio. Durante estas sesiones la necesidad de hablar y de ser escuchadas es lo primordial. Cada mujer se ubica dentro del espacio grupal y conoce a las otras mujeres participantes. Aparecen sentimientos como la desconfianza, la vergüenza y la omnipotencia.

«Al inicio estaba temerosa, no contaba... sólo escuchaba. Ya a las finales estaba como soltándome, como se dice, ya amistad hemos formado, confianza tenemos» (Ana, 48 años).

«Al principio me daba una sensación de angustia, pero cada vez me iba soltando más y me ayudó a superar la depresión. Porque yo tenía una depresión muy grande me ayudó a superar en el sentido de que cuando yo estaba sola me acordaba de que no era la única y que ahí se hablaba de que uno tiene que tratar de superar, de valorizarnos, de querernos a nosotras mismas» (Julia, 48 años).

Sin embargo, esta tarea que es parte de la constitución de cualquier grupo, en el caso de mujeres que sufren violencia, toma un mayor tiempo que el habitual. El temor a la pérdida de identidad revive en ellas aquello que es central en su problemática: la dificultad de separarse de un otro y estar en relación con él a la vez. La posibilidad de existir se da en la tensión de la necesidad del reconocimiento del otro y a la vez la separación como sujetos independientes. En relaciones violentas esta posibilidad desaparece, se anula al otro como sujeto y el vínculo se convierte en una lucha de poder [7].

La constitución de cada grupo se da alrededor de una «ilusión», la que se idealiza de manera colectiva y genera sentimientos de seguridad y de preservación del sí mismo [8]. Las mujeres asisten a los grupos con la ilusión de que se les resuelva la situación de violencia que están viviendo con sus parejas, para encontrar respuestas directas y saber cómo actuar en determinadas situaciones, separarse o no separarse, hacer un juicio legal o no hacerlo. Ofrecer respuestas sería reproducir relaciones de poder y violencia, donde las mujeres desaparecen como sujetos y el otro decide qué es lo mejor para ellas.

Aquello que se idealiza es el rol del terapeuta, en quien se coloca la fantasía de ser salvadas o curadas. Esta fantasía de curación es recurrente y responde a un modelo más directivo y dependiente en el que se le exige a las terapeutas las respuestas a sus dudas y a sus diferentes demandas. Desde las mujeres esto evidencia la dificultad de pensarse en roles de mayor horizontalidad y hacerse cargo de sus propios contenidos afectivos. En ese sentido, la función de los terapeutas es elaborar y contener y no reproducir roles de salvador-víctima/agresor-víctima.

Parte de esta representación de autoridad como figura salvadora, puede ser reforzada con el espacio físico en donde se realizaron los grupos, en la institución o en la Comisaría de Mujeres de Lima (CAVIFAM), los cuales simbolizan la «defensa» frente a la agresión vivida y, en otros momentos, frente a la «locura» adjudicada por sus parejas.

«Es que ya no aguanto más, estoy en mi casa y me peleo con mi esposo. Él lo único que dice es que estoy loca, que seguro tengo algo, que me haga ver, y yo sé que él se ha enterado que yo vengo acá, y él me dice que para qué vengo si no vale la pena, que son estupideces, que no me van a ayudar que piense en otras cosas. Me dice que todo lo que hago está mal, que no sirvo para nada» (Claudia, 46 años).

Ante a la dificultad de tolerar esta desilusión de no encontrar figuras salvadoras y soluciones directas a sus demandas, algunas de las mujeres dejan de asistir al espacio, tal como lo señala una de las participantes al referirse a las razones por las que otras mujeres dejan de asistir:

«en vista de que no nos dicen así es tu situación y así se va a solucionar, me imagino que por eso se han retirado. Pero no sólo eso hay que esperar, también nos ha servido para desahogarnos de nuestros problemas». (Rocio, 32 años).

Esta ilusión también puede ser entendida como un recurso del grupo, como un modo de encuentro inicial, cuando aún falta entre los miembros la capacidad de estar en relación de cooperación. Sin embargo, cuando esta ilusión grupal se mantiene más allá del momento inicial puede ser leída como un acto defensivo que no permite dar paso a un segundo momento de mayor profundidad y de elaboración de aquellos contenidos inconscientes.

Descubriendo en las otras mujeres, reflejos de su propia historia.

Se da paso luego a un segundo momento, en que el grupo se constituye como tal a partir de elementos básicos como el sentido de existencia, la sensación de continuidad y la consistencia como colectivo. Es decir, cada mujer encuentra un espacio como parte del grupo desde sus características individuales y comparte con éste el sentido de ser, ya sea un espacio de catarsis, de elaboración o de escucha.

«Llegué en un estado depresivo, hicieron que me soltara, que hablara de mis problemas. Al escuchar a las otras personas vi que no era la única y pude hablar y ahí empecé a ir, no era frecuente, dejaba de ir, buscaba pretextos, hasta que le tomé la debida importancia y empecé a ir» (Milagros, 39 años).

La importancia del encuadre es fundamental para la consolidación del grupo: límites claros, tiempo de duración, vacaciones, ausencias y horario puntual, permite establecer en la relación con las mujeres un ambiente de mayor confianza y estabilidad, lo que brinda la sensación de soporte y contención. Es así cómo aquellos grupos en donde las tardanzas o faltas alteraron la continuidad, son los que terminan antes del tiempo programado o son interrumpidos, lo que llega a generar una sensación de «desvanecimiento». Tal como señala una de las mujeres:

«Al inicio como que había más entusiasmo, pero al final un poco como que no. Te digo, no iban siempre, no eran constantes. Éramos un grupo de ocho o nueve, asistían cuatro pero no las mismas. Llegaban tarde, había que esperar, no era algo tan serio, como que se desvaneció. Si todas hubieran ido a todas las reuniones yo creo que ahí hubiese aprendido mucho más y me hubiera sentido mejor al final, pero no fue así» (Fabiola, 43 años).

Existen ciertos indicadores que muestran el nivel de la constitución del grupo: a) sentimiento de pertenencia de las participantes, que les permite confiar e involucrarse más directamente; b) hablar de temas más precisos y con más detalles, lo que evidencia que estar en el grupo va más allá del solo hecho de compartir una situación emotiva, sino más bien significa elaborar y pensar en grupo; c) la figura del terapeuta es percibida de manera menos rígida, más humana y vulnerable, es decir, antes se esperaba la intervención de la terapeuta para aprobar o desaprobar; en este momento las participantes no se dirigen solamente a ésta sino que colocan sus propios pensamientos e interrogantes en el resto de participantes y en el espacio de grupo [9]. Todo ello permite que la dependencia al grupo y el temor entre sus miembros disminuya.

Aparecen entre las mujeres líneas en común, semejanzas entre las historias que han vivido y expresan sentimientos compartidos. Ubican en la historia de la otra mujer un reflejo de su propia historia, de sus vivencias. Esto es central en la consolidación del grupo como tal y en el establecimiento de la confianza básica entre las participantes. Es a partir de una experiencia particular que las integrantes del grupo pueden asociar sobre sí mismas y sobre las otras.

«Fui al principio toda temerosa porque cómo van a enterarse de tu caso
pero me gustó, porque todas llorábamos, un caso que la otra contaba nos contagiábamos, porque de alguna manera su sufrimiento está reflejado en uno, terminábamos llorando me ayudó mucho escuchar» (Carla, 42 años)
.

A partir de la confianza y la pertenencia grupal establecida, las mujeres sienten que pueden profundizar sobre sus vivencias personales y recuerdos de infancia, conectándose con su propia historia de maltrato, con la presencia de experiencias y sentimientos no expresados sobre su niñez y su familia de origen.

La narrativa personal que cada una construye sobre sí misma permite a las terapeutas señalar vivencias comunes y nombrar afectos presentes. Sabemos que la escucha en sí misma ya es terapéutica pero la posibilidad de compartir con otras mujeres que atraviesan la misma situación lo es aún más.

« todas en ese momento éramos mujeres sentidas, todas preocupadas por nuestros hijos, todas con el autoestima por los suelos entre nosotras tratábamos de decirnos que todo dependía de nosotras eso era lo principal, tratar de salir adelante, darnos ánimos de que sí podíamos. Por eso es muy buena la terapia de grupo, no se compara con la consulta de una sola yo creo que una necesita saber que hay otras personas que sufren lo mismo» (Patricia, 45 años).

Nombrar los afectos y sentimientos experimentados en un espacio de contención favorece la elaboración de los mismos, dando mayor lugar a la posibilidad de pensar en grupo y alcanzar niveles de elaboración y simbolización. Se constituye así el grupo como espacio que permite la capacidad de pensar y se ofrece como soporte de aquello que no puede ser pensado de manera individual, y en donde muchas veces el pensamiento del grupo se da de manera paralela al pensamiento individual. La posibilidad de pensar lo vivido se ve favorecida al estar acompañada del pensamiento del grupo.

«Es que parece que es más fácil cuando estoy con las demás mujeres, como que cuentan su caso y yo ya puedo recordar lo mío. No sé por qué me pasa así, igual cuando estoy con las abogadas, como que me olvido de todo y cuando ellas comienzan a hablar ya lo recuerdo. Es como si no pudiera pensar, no sé, me olvido, no sé qué decir o qué pienso» (Victoria, 42 años).

El grupo cumple así la función de reverie [10], de manera que el pensamiento del grupo tiene la capacidad de metabolizar la ansiedad que de manera individual no está preparado para procesar. Sabemos que la violencia anula la capacidad de pensar y suspende la posibilidad del sujeto de contener sus propios pensamientos; es así que el grupo sirve como espacio metabolizador de aquellos contenidos que no han podido ser pensados por efecto de la violencia.

Frente a la experiencia de separación.

La capacidad de estar sola y lograr la separación tiene un matiz diferente para las mujeres. Ellas son socializadas enfatizando en los sentimientos de dependencia y necesidad del otro, el ser y existir en base a un otro, ser madre, esposa, hija. A las mujeres se les enseña a temer la libertad, la toma de decisiones, la soledad y son socializadas a partir de un sentimiento de orfandad y dependencia que dificulta la construcción de una existencia desde la autonomía [11].

Esta mirada de lo femenino afecta el proceso de separación de las mujeres y aumenta el temor de imaginarse una vida de manera independiente a su relación de pareja. Este sentimiento las entrampa y no les permite la separación, tolerando la violencia y dejándose de lado ellas mismas, con tal de no verse solas.

«Si el hombre dice que va a cambiar, ¿por qué nosotras aceptamos eso y seguimos con él? Nosotras creemos y aceptamos ¿por qué? ¿Por miedo a la soledad? ¿Por qué la sociedad nos dice que tenemos que tener un hombre al lado? ¿Por qué, por temores? La respuesta siempre es sí, sí lo perdono pero hay cosas imperdonables....¡¡ por qué!!» (Laura, 42 años).

El momento de cierre del grupo psicoterapéutico enfrenta a las mujeres a la realidad de la separación. En la mayoría de los casos se ha observado que las participantes ya han construido un grupo independiente del espacio institucional. Este se convierte en el soporte de transición hacia el momento de la separación y cumple la función de conservar la ilusión de la permanencia más allá del espacio físico de la terapia.

«Ahora mejor no pensar que es el final. Es como si nos faltara algo, por eso nos reunimos al final de la sesión a tomar nuestra gaseosa y conversamos.
Lo vamos a extrañar. Claro, por eso nos reunimos, ya somos amigas. Pero uno se acostumbra a venir» (María, 54 años)
.

La finalización del proceso coloca en el grupo una de las principales dificultades de las historias de estas mujeres como es la separación. Este tema es lo que en muchos casos las lleva a acudir a la institución: ¿Cómo lograr una separación del otro y llegar a establecer una relación diferente con él? Esto es evidente en sus relaciones de pareja, pero también hacen referencia a la relación con sus padres y en general con aquellas figuras significativas en sus vidas.

En este momento se reviven afectos no elaborados de sus anteriores experiencias de separación, llegando a ser percibida como devastadora, abandónica o a partir de una fantasía de daño que reactiva el temor a que el otro o ellas mismas desaparezcan por esta experiencia.

Tal como lo señala una de las mujeres participantes:

«Bueno, ya ustedes deben estar cansadas de nosotras, con todo lo que les hemos contado, ya deben querer descansar de nosotras, tantas cosas feas, como las han escuchado es como haberse tomado un veneno» (Ana, 48 años).

Trabajar el proceso y las fantasías respecto de la separación se convierte en una oportunidad central del grupo. Este se ofrece como la posibilidad de dejar un registro diferente de estar en relación y separarse de otro, intentando no repetir la dependencia o la fusión, si no una existencia en base al reconocimiento [12] mutuo.

Cada grupo revive una manera particular de separarse, desde las faltas, las tardanzas, los abandonos sin dar espacio al cierre, pero también aquellas que permanecen hasta el final, permitiendo elaborar este momento en la medida que se llega a sentir la permanencia del grupo ya no desde lo físico y lo externo, sino desde la capacidad de llevarlo dentro de uno. Esto da paso a la separación y al sentimiento de soledad [13] interiorizando la presencia del otro y posibilitando el disfrute de éste.

«¿Puedo decirle algo a ella? Creo que es importante que estés acá porque aunque tú vayas a tu casa tú nos llevas a nosotras acá en tu cabeza, si bien no estamos físicamente ahí pero estamos aquí (se toca la cabeza)» (Laura, 42 años).

Los afectos y fantasías de las mujeres sobre la dificultad de separación sirvió como aprendizaje para entender la fuerza de los sentimientos de abandono y soledad que ellas traen al grupo, y lo difícil que puede ser también para las propias terapeutas, elaborarlos y tolerarlos.
NOTAS:
  1. ® El psiquismo grupal es un estado mental del grupo. Por tanto posee pensamiento, sentimientos y deseos que les son propios. Kaes, R. (1981). El aparato psíquico grupal: Construcciones de grupos. Barcelona: Ed. Grijalbo.

  2. ® Anzieu, D. (1978). El grupo y el inconsciente. Madrid: Biblioteca Nueva.

  3. ® Benjamin, J. (1996). Lazos de amor. Buenos Aires: Editorial Paidós.

  4. ® Nieri, C. (1995). Grupo: Manual de psicoanálisis de grupo. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.

  5. ® Nieri, C. (1995). Grupo: Manual de psicoanálisis de grupo. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.

  6. ® Bion define el reverie como aquella capacidad de la madre de devolverle al bebe, a manera de pensamiento, su experiencia emocional que aún por su temprana edad y funcionamiento psíquico no se encuentra en la capacidad de significar. La función reverie en la relación terapéutica se refiere al rol del terapeuta de dar significado a la experiencia emocional del paciente. Bion, A. (1972). Experiencias en grupo. Buenos Aires: Editorial Paidós.

  7. ® Lagarde, M. (2003). La soledad y la desolación. En: Mujeres de empresa. com: http://www.mujeresdeempresa.com/sociedad/sociedad030201.shtml .

  8. ® Benjamin, J. (1996). Lazos de amor. Buenos Aires: Editorial Paidós.

  9. ® La capacidad de estar solo para Winnicott se origina en la paradoja de estar a solas en presencia de alguien. Es la capacidad que el autor, sitúa como la más importante del desarrollo emocional. Se trata de la experiencia vivida en la infancia de estar solo en presencia de la madre, lo que sirve como medio para conocer su propia vida personal. El infante no está solo, sino sostenido por la presencia silenciosa de la madre la cual al ser introyectada le permite disfrutar de su soledad.
    Winnicott, D. (1958). Escritos de pediatría y psicoanálisis. Buenos Aires: Editorial Paidós.


Capítulo III. Aspectos dinámicos al interior del grupo.
Los aspectos dinámicos que se dan al interior de los grupos refleja también los diferentes afectos, roles y procesos que se dan en una relación de violencia. Esta dinámica no habla de posiciones y roles estáticos sino de un interjuego de poder, en donde la sumisión y la agresión suceden de forma simultánea y configuran el escenario para el ejercicio de la violencia y su perpetuación.

En ese sentido, la dinámica que se establece al interior de los grupos producto del encuentro intersubjetivo entre las mujeres y las terapeutas, es el espacio que nos permite comprender el impacto de las historias de violencia de las participantes y los vínculos que se establecen a partir de éstas.

Afectos involucrados en el proceso grupal

Dentro de un grupo se despliegan múltiples deseos y afectos que tienen que ver con las particularidades de los miembros y cómo éstos se configuran dentro de un proceso que pasa por diferentes etapas de manera no lineal. Este espacio se configura como un «lugar» en donde conviven afectos que aparecen de forma simultánea y de manera dinámica al interior de los grupos.

Estos afectos se configuran como resistencias y pueden llegar a significar obstáculos en el proceso grupal; sin embargo, son también oportunidades, ya que al ser identificados y reconocidos son el camino para iniciar el proceso de elaboración. Algunos de los afectos que emergen en estos grupos son la dependencia, el deseo de separación, la sumisión, el deseo de dominio, la envidia y el sentimiento de gratitud.

El sentimiento de dependencia es uno de los afectos característicos expresado por las participantes y que se visibiliza en el proceso grupal, lo cual evidencia uno de los principales conflictos que experimentan las mujeres en las relaciones de violencia que establecen. La necesidad de un otro y el temor a su ausencia llegan a ser muchas veces afectos más dolorosos que el impacto de la violencia en sí misma. Este sentimiento de dependencia se refuerza con los patrones de género aprendidos, los cuales llevan a las mujeres a la construcción de una identidad basada en un ser para los otros y una mirada del varón desde un rol proveedor, «dador de significado».

«He dado tantos años por mi esposo, por mis hijos y yo? Me olvidé de mí, ¿dónde está Claudia? Había un hueco. Es más, hasta ahora se me hace difícil llevar mi vida» (Claudia, 46 años).

«Mi mayor temor era asumir una responsabilidad sola, la cual nunca había tenido porque desde que salí de mi casa fui primero hija, pasé a ser esposa y luego señora de un hogar El está decidido en que nos vamos a divorciar. Yo he hecho hasta lo último, hasta decidí perdonarlo, como madre, por mi hogar» (Milagros, 39 años).

El participar del grupo y buscar un espacio para ellas se considera como un intento de salida de esta dependencia que da lugar a sus deseos de separación y así, de una manera más autónoma, llegar a hacerse cargo de sus vidas. En un inicio las mujeres en el grupo se colocan desde la indefensión, es decir, en el lugar de la dependencia y la sumisión, el mismo que suelen ocupar en las relaciones de violencia. Así, esperan y exigen que las terapeutas actúen casi como guías espirituales, como profesoras, como libros de autoayuda, demandando que el otro se configure como un modelo que indique lo que se debe hacer y lo que no.

«... tenía en mente que me iban a dar una respuesta a tantas cosas. Desahogué mis problemas pero también pensé que me iban a decir si la decisión que estaba tomando era buena o mala» (Mónica, 45 años).

Si bien la dependencia es despertada en todo momento inicial de un grupo, depositando en el terapeuta la imagen ideal del salvador, en mujeres con este tipo de relación perdura más de lo esperado y muchas veces lleva a las terapeutas a sentir la omnipotencia o el deseo de hacerse cargo de todo, cayendo de manera inconsciente en esta repetición de dependencia y perdiendo de vista la capacidad de las mujeres para hacerse cargo de esta situación.

Esta dependencia afectiva es también una ganancia pocas veces consciente para las mujeres. El convertir al otro en el objeto depositario de sus propias vidas las libera de la responsabilidad de hacerse cargo de sus motivaciones, deseos y afectos dándole al otro el manejo de su existencia. Asociado a ello aparece el dominio; es desde esta posición que las mujeres ejercen el control en otras relaciones: con sus hijos o con el espacio de terapia. La necesidad de controlar al otro y asegurarlo así como objeto dependiente de uno, es también un ejercicio de violencia.

En el grupo el sujeto toma por objeto de sus múltiples deseos a los otros integrantes, pero simultáneamente es objeto de los deseos de estos otros. Es así que el sujeto tiene que maniobrar para intentar que los otros entren en sus propios deseos y para evitar que estos otros lo avasallen con su respectivo sistema deseante [14]. Se reactiva así la envidia y la rivalidad entre las diferentes integrantes, generándose una competencia por el espacio en el grupo, como por ejemplo, en el tiempo utilizado en las intervenciones o en la intensidad de las mismas. Estos sentimientos también aparecen en relación a las terapeutas a través de comentarios agresivos o al devaluar su capacidad tanto profesional como personal para lograr comprender las experiencias personales de cada una. Es común escuchar a las mujeres cuestionar a las terapeutas respecto a su capacidad de ser madre, o si se es lo suficientemente «mayor» como para comprenderlas; en general, todo aquello que puede representar una diferencia entre las participantes y las terapeutas era cuestionado como un obstáculo que limitaba la capacidad de empatía y la posibilidad de que a pesar de las diferencias comprendan lo que ellas viven.

La envidia busca quitar o dañar algo deseable que el otro posee o que se considera valioso, y ubica en éste la destructividad propia que le resulta amenazante a su yo. Daña la capacidad de goce ya que no permite retener dentro de sí una imagen positiva de los objetos internalizados. Del otro lado, el sentimiento de gratitud refleja la capacidad de amar y de tolerar la diferencia y lo positivo en el otro; sin embargo, en estas mujeres este sentimiento aparece más como una defensa que esconde la posibilidad de expresar la envidia.

Sumado a esto, al ser mujeres tanto las participantes como las terapeutas, se genera el escenario que permite la reactivación de diferentes procesos de identificación y se abre un espacio favorable para la aparición de estos afectos, como son la envidia y la rivalidad.

También aparecen sentimientos de agresión y poca tolerancia a la frustración, lo que genera actos de boicot hacia el grupo. Estos se expresan en ausencias, tardanzas, deserciones y agresiones que van desde las expresiones verbales hasta la poca capacidad para escuchar las intervenciones de las compañeras o de las terapeutas. Aparece por un lado, la dificultad para manejar y hablar de «cosas que duelen» y, por otro lado, la insatisfacción porque se esperan soluciones inmediatas y precisas a su problemática. Esto es difícil de tolerar por lo que las participantes señalan que el espacio «no es agradable» y que es preferible no «remover» ideas y sentimientos ya que en general las situaciones de cambio y autonomía «asustan»; se reactiva entonces un temor a asumir la «conducción» de su propia vida.

«¿Puedo hablar?... Es que yo vine la vez anterior y no terminé de hablar y llegué a mi casa y me sentí peor (llora) y pensé para qué he hablado si me voy a sentir peor (llanto y cólera), no entiendo entonces para qué vine, y hoy no sabía si venir pero decidí hacerlo» (Milagros, 39 años).

Estos sentimientos generan una dinámica al interior del grupo. Por un lado, la necesidad de una madre protectora, salvadora y guía que responda a todas las demandas y paute el camino, imagen que se coloca en la terapeuta; pero también por otro lado, los sentimientos de agresión y envidia que al no ser elaborados no permiten la posibilidad de un vínculo diferente. La frustración cotidiana en sus vínculos reales refuerza la desconfianza en el otro, lo que en muchos casos las lleva a boicotear la sensación de alivio que se puede obtener de una figura materna acogedora y contenedora. Es decir, la sensación de acercamiento a un vínculo positivo resulta tan extraño que activa los aspectos paranoides y el objeto bueno se torna malo, generando así sentimientos de insatisfacción y confusión.

La posibilidad de reconocer que la cólera y el amor, la ternura y la agresión han convivido de manera extrema en sus relaciones, genera confusión y dificultad de ser comprendida. Por ejemplo, frente al agresor aparece cólera, rabia así como afecto, pena y compasión o frente a la madre aparecen sentimientos de afecto y cariño así como de rabia y cólera. Estos sentimientos contradictorios, al aparecer en forma conjunta, son incomprensibles para algunas mujeres. Tolerarlos es un proceso largo y en ocasiones difícil por reconocer en sí mismas la presencia de algunos sentimientos que son impensables asociados. Se muestra así la dificultad de integrar que aquella figura que cuida es también aquella que violenta.

«Bueno, en realidad yo me sentí muy mal cuando tuve todo mi problema con mi esposo, sentí mucho odio, pero también amor. Lo mismo he sentido por mi mamá. Yo odiaba a mi madre, al papá de mis hijos también lo odio. Por todas las cosas que me han hecho, hasta ahora yo no entiendo por qué mi mamá a mí no me quiere, por qué sí a mis hermanas y a mí no» (Liliana, 46 años).

Frente a esta ambivalencia se opta por acomodar la realidad al mundo afectivo llegando en ocasiones a distorsionar las experiencias. Es decir, las situaciones de violencia vividas a lo largo de sus historias son justificadas, como en un intento de desmentida [15]. Lo que pasó en realidad no pasó. Muchas mujeres utilizan este mecanismo como una defensa que contribuye al equilibrio y minimiza el dolor, manteniendo así una mirada de la realidad y del otro, desde su ilusión y sus propias defensas a la sombra de figuras tempranas, significativas en sus vidas.

Historias de violencia que se repiten: dando paso a la elaboración.

En las historias de las mujeres participantes es común encontrar casos de violencia previos, asociados a la familia de origen, la escuela y las relaciones de pareja. Es así cómo la experiencia actual de violencia remite a otras anteriores y es desde ahí que se puede pensar y elaborar la vivencia actual [16].

Es así cómo en muchos casos esta violencia no es un episodio «casual» sino formas de relacionarse que han sido aprendidas desde temprana edad, ya sea a partir de lo que han observado en sus familias, entre sus padres, y que llevan a establecer vínculos similares, violentos, en los que se repiten los roles de agresor y víctima.

La posibilidad de conectar estas historias significa una vuelta sobre sí mismas, es decir, sobre su identidad y sobre sus vínculos afectivos. Este se convierte en el camino elegido para el inicio del proceso de elaboración.

«Yo ya le encontré un sentido a esto, es como haber estado siempre viendo a través de una luna borrosa para luego limpiarla con un limpia parabrisas.
Yo me he dado cuenta que en realidad el juicio de reconocimiento y de alimentos que le estoy haciendo al papá de mi hijo no es en realidad por él, estoy haciendo lo que mi mamá nunca le hizo a mi papá. Estoy intentando no repetir la historia» (Rocío, 32 años)
.

El aprendizaje de este tipo de relación violenta lleva a las mujeres a ubicarse desde la posición de víctima en algunos casos y en otras desde la agresión. El rol de víctima es una posición vinculada a los sentimientos de culpa, miedo, vergüenza y desvalimiento. Estos sentimientos las llevan a percibir que sus recursos e intentos para terminar con la situación de violencia no son suficientes, sumado a esto el miedo a la soledad y la necesidad de afecto sentida desde temprana edad. Tal como lo plantea Vega [17] en la dinámica de maltrato en la que están insertas las mujeres, el proceso de separación/diferenciación se expresa en la tendencia de ellas a apegarse a los maridos o entrar al espiral de la violencia.

Las participantes refieren con frecuencia experiencias de rechazo y de dolor, en donde la falta de cariño o deseo ha marcado la percepción de sí mismas y de sus relaciones interpersonales. Enfatizan en el rechazo de la madre y en su rol sumiso que en muchos casos «toleraba» la violencia que el padre ejercía en casa. Se van construyendo así representaciones, imágenes y roles determinados de género. Identidades femeninas y masculinas que pasan de generación en generación, hasta que en algún momento puedan ser pensadas y pueda romperse la cadena de repeticiones.

«Mi madre me decía que mejor no hubiera nacido, que por qué era mujer...
Por eso no quería ser mujer, cuando tenía 13 años me vestía como hombre y me quería cortar el pelo... por eso no quería ser mujer, tuve hijos después cuando era mayor y ahora siento que los rechazo» (Mariana, 30 años)
.

Desde una visión transgeneracional, se observa lo difícil que es romper con una mirada desvalorizada de lo femenino trasmitida desde las figuras femeninas significativas. En ese sentido el grupo de terapia se ofrece como un espacio para elaborar esta repetición, romper con el mandato generacional y crear una historia diferente.

«No quería ser una continuidad de lo que fue mi abuela, mi madre. Mi mamá me decía lo que es la mujer: simplemente acepta y se queda callada...Yo no quería que esa cadena continuara porque no quería tampoco que mi hija sea parte de un eslabón así» (Fabiola, 43 años).

Asimismo, aparecen de forma significativa historias previas de violencia sexual, lo que muestra la incidencia de este tipo de hechos que tienen como principales víctimas a las mujeres. Esto nos plantea cuestionamientos sobre la construcción de la identidad y el psiquismo de las mujeres a partir de historias en donde sus límites como sujeto y su cuerpo es trasgredido y utilizado como objeto de deseo y de violencia de los otros. Se suma a esto un clima de permanente tensión familiar, trasgresión y violencia, en donde la sensación de riesgo es parte de la vida diaria.

Dentro del proceso de elaboración es importante incluir el análisis de la comunicación no verbal que utiliza como vía principal de expresión al cuerpo, más aún cuando éste es el escenario principal de las agresiones vividas por estas mujeres, físicas, sexuales e inclusive psicológicas. Son, entonces, recurrentes las menciones al cuerpo en cuanto a dolores y malestares físicos. Las mujeres tienden así a somatizar todo aquello que no ha sido simbolizado o elaborado, usan el cuerpo como vía de comunicación.

Los grupos de terapia buscan revalorar la palabra frente a la respuesta violenta; la palabra elaborada, sentida y pensada, que ha sido anulada por la violencia y que es desvalorizada por los operadores del sistema de justicia [18]. Creemos central el uso de la palabra como medio para expresar afectos y para poder relacionarse de otra manera. La palabra es también, por tanto, un mecanismo de denuncia para las mujeres.

Compartir estos diferentes afectos brinda la posibilidad de encontrar un otro que comparte su vivencia, su estado mental y que es capaz de establecer una sintonía con ellas. Recordemos que en las historias de violencia de estas mujeres los vínculos que suelen establecer no permiten un espacio para el reconocimiento mutuo de los afectos, de los deseos, de las fantasías, sino más bien pasa por anularlas como sujetos individuales y convertirlas (se) en objeto de deseo de los otros.

«Entendí que en realidad siempre me la he pasado pensando en ellos y nunca he pensado en mí. En eso me han ayudado estas terapias a entender que yo me he limitado a vivir en un sofá. Porque ese es mi espacio. Yo en mi casa, a pesar que es mi casa, vivo en un sofá y no me puedo mover de ahí»
(Claudia, 46 años).

Las mujeres logran así crear y dar espacio a esta nueva experiencia subjetiva, en donde a pesar de las resistencias se permiten la posibilidad del encuentro con un otro de manera diferente, lo cual es posible al pasar de la defensa y el temor a desarrollar un vínculo diferente hacia el deseo y la posibilidad de una nueva experiencia. Las mujeres se sienten reconocidas, con lugares simbólicos asignados, permitiéndose confiar en los otros, dejando de lado sentimientos como la culpabilidad o la vergüenza generados por las experiencias de violencia vividas. Van así construyendo y reconstruyendo sus historias, para poder construir un presente diferente, re- significando sus relaciones y la imagen que tienen de sí mismas y de su ser mujer.
NOTAS:
  1. ® El sistema deseante es aquel que se conforma de los diversos deseos de los miembros del grupo los cuales luchan por ser atendidos de manera excluyente y simultánea al interior del espacio grupal. En: Romero, R. y Sauane S. (1987). Grupo objeto y teoría. Buenos Aires: Lugar Editorial.

  2. ® El concepto de desmentida fue desarrollado inicialmente por Freud (Verleugnung) se refiere a aquel mecanismo inconsciente por medio del cual el sujeto percibe aspectos de la realidad que le generan sufrimiento o un desequilibrio psíquico e intenta negarlos, experiencias que por terribles o siniestros decide re negar.

  3. ® Velázquez, T. (2002). Violencia contra la mujer en relaciones de pareja: factores de riesgo y factores protectores. Tesis de Maestría en Evaluación Psicológica Clínica y Forense en la Universidad de Salamanca, España.

  4. ® Vega, M. (1995). Violencia en relaciones de pareja: una búsqueda en la subjetividad de las mujeres. Lima: DEMUS.

  5. ® Siles, A. (1995). Con el solo dicho de la agraviada. ¿Es discriminatoria la justicia en procesos por violación sexual de mujeres?. Lima: DEMUS.


Capítulo IV. Vivencias diferentes de los grupos de terapia.
El grupo cumple una función terapéutica al ser un lugar dador de sentido en donde se elabora y se re significan las experiencias y los vínculos aprendidos. Es así cómo se ha tratado de recoger las principales vivencias de las mujeres a partir de su participación en los grupos de terapia, las cuales están en relación con su historia personal y los vínculos establecidos. Se encuentran vivencias del grupo como espacio de contención, para compartir, de reconocimiento, de catarsis o como una experiencia insuficiente y agobiante.

Espacio de contención.

Una de las vivencias comunes en los grupos es significarlo como un espacio de seguridad y confianza, es decir, de contención. Las mujeres se permiten vivenciar momentos y afectos de sus historias particulares, lo que favorece grados variables de regresión a niveles anteriores de organización psicológica, por ejemplo la oralidad, las expresiones de búsqueda de contacto afectivo de manera infantil, la aparición de recuerdos primarios como la relación establecida con figuras significativas de su infancia.

La historia de vida no se inicia con las relaciones de pareja; las participantes al sentirse en este espacio contenedor, vuelven de forma constante sobre su familia de origen y las relaciones establecidas con los padres, abuelos /as y los hermanos /as, o figuras que hayan sido representativas en sus vidas, lo cual les permite una mejor comprensión de su narrativa personal.

« yo no quería que termine, quería que siga, cuando llegó la clausura nos entró tristeza, como el colegio, termina el año, ahí nos despedimos, cuándo nos veremos, cómo arreglaremos las cosas» ( Liliana, 46 años).

El grupo se vuelve un espacio familiar idealizado, en el cual se busca contacto, cariño y consuelo, resultando así una suerte de matriz que brinda el soporte y la contención que evoca la función materna. La cual es mantenida como una ilusión o una necesidad de vivir o revivir aquellos afectos de cuidado y protección que ellas pueden brindar y a su vez recibir tanto de las otras mujeres como de las terapeutas. Cuidan del grupo pero a su vez se dejan cuidar.

« en ese momento éramos todas como hermanas, todas juntas, todas nos apoyábamos, no había el temor a la crítica, a la burla, sabíamos que podíamos contar con cada una de nosotras mismas» (Rosa, 46 años).

Sin embargo, para algunas mujeres el grupo llega a significar un espacio de soporte y contención, pero desde lo concreto de éste, es decir, se quedan en palabras de ánimo o frases para salir adelante y no llegan a una reflexión profunda de su historia. Asimismo, la necesidad de afecto se refleja en la búsqueda de contacto también desde lo concreto y físico. Un ejemplo de esto es la necesidad de saludar con beso a las terapeutas, hasta en algunos casos interrumpiendo la sesión, coger de las manos a la terapeuta o darse abrazos afectuosos con las demás participantes. Esta necesidad de afecto y contacto se mantiene más allá del grupo y se concretiza al continuar con el vínculo entre ellas fuera del espacio terapéutico.

« salíamos todas contentas, alegres, a tal punto que había días que por ahí había una bodega, nos íbamos a tomar nuestra gaseosa con nuestra galleta, todas ahí, ¿qué te pareció?, tú dijiste eso y todas alegres cuando nos despedíamos decíamos, al menos con más valor vamos a enfrentarnos como cargadas de un poco más de coraje emocionalmente más fuertes» (Mercedes, 45 años).

« nos ayudábamos una a otra, cálmate, te va a pasar estamos para ayudarte, otras estaban todas recuperadas otras que no, entraban y les dábamos ánimos, te doy mi teléfono, me llamas cualquier cosa que necesites, y así salíamos a veces entre mujeres a almorzar, hasta que poco a poco hicimos amigas, hasta nos llamábamos por navidad nos hicimos amigas, nos sirvió de bastante» (María, 34 años).

Parte de esta vivencia contenedora abre un espacio para hacerse cargo de los sentimientos de rivalidad y competencia que aparecen entre ellas. Hay una necesidad no sólo de buscar una identidad dentro del grupo sino de defender ese rol y ese espacio. Se ha observado por ejemplo la ubicación de cada mujer en un lugar determinado dentro del grupo y permanecer ahí hasta el final. Se llega a sentir celos y envidia de la mujer que está contando su historia porque se está apropiando del tiempo del grupo que es para todas; se está apropiando de la atención de todas, «de sus hermanas» y hasta de las terapeutas. No debemos olvidar que la demanda de un espacio personal siempre estuvo presente a lo largo de la historia de estas mujeres, la búsqueda de la mirada de la madre, en competencia con sus otros familiares.

«...más escuchaba a las demás personas, y sí había momentos en que buscaba yo también mi lugar porque todas hablaban y yo decía, ¿yo cuando hablo?» (Mercedes, 45 años).

Esto nos lleva a pensar en una de las mujeres que llegaba usualmente tarde y al ingresar al grupo dormía por un lapso, a veces, hasta de 30 minutos, hasta que terminaba la sesión, se paraba y se retiraba. A pesar de ello, asistía a la mayoría de las sesiones. Esta situación sorprendía a las terapeutas que no entendían el significado de ese sueño en el grupo, ni de la continua asistencia y aparente interés de la mujer en participar. Esto puede entenderse como una resistencia, unas ganas de huir del grupo y de llamar la atención de las terapeutas. Su cuerpo expresa mediante el sueño el deseo de huida ante la imposibilidad de «pensar» y revivir su historia a través de la palabra. Sin embargo, es también la expresión de confianza de la posibilidad de dormir protegida, como en un espacio familiar que le da tranquilidad. Es interesante mencionar que dicha participante al ser entrevistada después de culminar este proceso, señala:

«La terapeuta nos escuchaba, hasta sueño le daba escuchando todo. Y el calor. Así conversábamos, todos estábamos apenados» (Julia, 48 años).

La participante coloca en las terapeutas el cansancio frente a toda la situación de violencia en la que está inmersa, y representa un deseo consciente o inconsciente del grupo, de ser protegidas o cuidadas. En una actitud regresiva duerme en las sesiones, como una niña que busca a su madre o a las figuras que le dan seguridad para protegerse del miedo que puede sentir fuera. Fuera de las sesiones esta necesidad de afecto y de seguridad básica era tan amenazante que sólo pudo ser expresada dentro del encuadre seguro del grupo, como espacio contenedor de sus propios afectos y experiencias.

Espacio para compartir

El grupo terapéutico se constituye en un espacio en donde se comparten experiencias similares que son favorecidas a partir de los procesos de identificación entre las participantes. Al ser mujeres que han vivido o viven situaciones de violencia encuentran similitudes en sus historias, lo cual favorece el desarrollo de un espacio donde sentirse acompañadas a partir de la empatía, la confianza y la solidaridad.

«Fui al principio toda temerosa porque cómo van a enterarse de mi caso
pero me gustó porque todas llorábamos, un caso que la otra contaba nos contagiábamos, porque de alguna manera su sufrimiento estaba reflejado en uno, terminábamos llorando me ayudó mucho a escuchar» (Carla, 42 años)
.

El grupo se convierte así en un lugar privilegiado para facilitar y compartir imágenes interiores, deseos y defensas [19] dando la posibilidad de verbalizar experiencias vividas que hasta el momento las mujeres no habían sido capaces individualmente de hacerlas suyas. Tener un espacio donde se escucha y se observa los comportamientos de otras mujeres con experiencias similares facilita el reconocimiento de su propia experiencia. A partir de escuchar a la otra logran escucharse ellas mismas y así abrir la posibilidad de vivir su realidad de una manera diferente.

Este compartir implica también reconocer aquellas habilidades y recursos internos que les permitan romper con el «equilibrio» que les ha significado vivir situaciones de violencia. Si bien no repetir patrones de relación o situaciones de violencia resulta un proceso complejo y largo, el grupo brinda herramientas que antes no se percibían como propias o que desconocían para salir y enfrentarse a sus vidas de manera activa. Se comparte el llanto y los afectos, pero a su vez las estrategias y recursos para hacerse cargo de sus historias.

« nos encontrábamos abajo esperando y como que te hacía sentir bien porque sentías que había otra persona que se interesaba por lo que te sucedía
te incentivaban eran personas que habían pasado problemas se sentían ellas como te digo hicimos amistades poco a poco se fue afianzando más, nos fuimos acercando más () saber que si ellas lo pudieron hacer con tantos problemas, con problemas mucho más grandes que los tuyos, significa que tu también lo puedes lograr» (Mónica, 45 años)
.

El grupo se convierte entonces en un espacio que permite a las mujeres verse a sí mismas y darse cuenta de su situación real, de sus recursos y capacidad proactiva. Es como si despertaran de un aletargamiento en el que han estado sumidas por años. Este despertar se puede observar en varios niveles: desde cuestiones concretas como pequeños cambios en su quehacer cotidiano, hasta adoptar actitudes que reafirman su ser sujeto.

« salía con ganas de trabajar, de hacer algo, de estudiar porque antes de empezar la terapia yo me había consumido en mis problemas» (Mónica, 45 años).

« he podido decirle a la persona que me hacía daño, tener la valentía de tenerlo en frente mío sin prestarle atención al sentirme débil, a lo que me pueda comentar, decir o hablar y ser valiente, saber que valgo mucho»
(Mariana, 30 años)
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La sensación de empoderamiento que genera el grupo hace que las mujeres puedan sentirse con la capacidad de enfrentar los problemas de los que no podían hacerse cargo. El sentir el respaldo del grupo interiorizado permite una mirada de sí misma de forma diferente, con más capacidades y menos inseguridades. El grupo les sirve como un «cargador de energías » para enfrentar sus vidas.

« (el grupo) es muy importante para la persona porque te ayuda a superar y poder afrontar ese gran problema que muchas mujeres pasan y no saben cómo hacerlo, a veces porque pierden su autoestima, se abandonan y no saben qué hacer. Entonces nos ayuda a valorizarnos y afrontar ese problema que estamos viviendo» (Julia, 48 años).

Compartir sus experiencias, desde los afectos, los deseos y fantasías hasta los recursos y alternativas de salida, permite a las mujeres reconocerse a sí mismas y abre la posibilidad de establecer un vínculo diferente no sólo con otros, sino también con ellas mismas.

Espacio de reconocimiento.

El reconocimiento implica estar en relación con un otro diferente y semejante a la vez. Esta paradoja permite el acercamiento y la sensación de confianza de que el otro puede experimentar las propias vivencias y a su vez mantiene la diferencia suficiente que los reconoce como sujetos independientes, sin perder su individualidad. El reconocimiento genera un estado de tensión y diálogo permanente, entre la mirada del otro y la de uno mismo.

«Creo que hay otras mujeres que no lo saben muchas personas no saben que existen muchas personas no saben que hay personas que pueden escuchar, que las pueden ayudar, que podemos estar a veces a salvo, que hay personas que nos pueden comprender» (Mariana, 30 años).

Desde las mujeres, la mirada sobre su propia identidad remite a experiencias de rechazo y dolor desde los primeros vínculos establecidos y las primeras miradas recibidas. Para ellas, el ser mujer implica una posición de subordinación y desvalorización, vivencia que es internalizada en la construcción de su sí mismo formando una identidad dañada y asociada a significantes negativos, en los que la mujer como sujeto se desvanece, priorizando su ser para otros: madre, esposa, amante, amiga. La relación con la figura materna cumple un rol fundamental en ese sentido, desde su propia experiencia como madre en relación con su hija mujer, y a su vez en relación al disfrute de su ser mujer en su relación de pareja.

Es así cómo el proceso de reconocimiento está influenciado por la capacidad que tuvo la madre de disfrutar de su propio cuerpo sexualmente adulto y de su ser mujer en la relación con el padre o con la figura de pareja. Si esto no ocurre, la niña internaliza una vivencia de su cuerpo y de su ser mujer que parte del rechazo y el no cuidado de éste [20].

Esta vivencia lleva las mujeres a experimentar su sexualidad de manera no placentera o escondida detrás del silencio y el desconocimiento. Esta experiencia es reforzada por aquello que culturalmente se le atribuye al cuerpo femenino, enfatizando en su rol de madre, en su sentido estético o como objeto que brinda placer a un otro, sin embargo se le abandona como espacio de placer personal. El cuerpo y la sexualidad de las mujeres no es internalizada como propia, sino más bien mirada y vivida en función de un otro. Este no reconocimiento del cuerpo y la sexualidad, la falta de apropiación de él, sumado a las historias de necesidades y carencias afectivas, colocan a las mujeres en una situación de vulnerabilidad para establecer relaciones futuras de violencia.

El espacio de grupo se convierte en un lugar que devuelve una mirada diferente de ser sujeto, de ser mujer y abre así la posibilidad de reconocerse y ser reconocidas como seres completos, en donde no sólo se trata de ser un rol en la vida, como el ser esposa, hija omadre, sino un conjunto de éstos, no escindidos sino de manera integrada formando un todo, un solo ser.

« el grupo me parece bueno, tratan de que uno vuelva a encontrarse como persona, como ser humano» (Milagros, 39 años).

« poco a poco me fui dando cuenta que ellas nos estaban brindando un espacio en donde una pueda realmente desahogar sus problemas al salir yo salía con la confianza suficiente de que lo que yo pensaba que era bueno seguía siendo bueno yo valgo, soy un ser que valgo mucho y debo valorarme, y así como yo me valoro el resto debe valorarme y así o sea, cada sesión era una etapa diferente» (Mónica, 45 años).

Todos estos aprendizajes son incorporados de alguna manera en la dinámica inconsciente de las mujeres y son susceptibles de ser aplicados en su vida cotidiana. El compartir un espacio donde la propuesta es la horizontalidad de los vínculos y donde se apela a la capacidad de pensar y sentir de todas las involucradas (incluidas las terapeutas) permite una nueva forma de relacionarse con el otro a partir del reconocimiento.

Los procesos de separación y reconocimiento al interior de los grupos también implican a las terapeutas. La posibilidad de reconocer al otro, reconocer su racionalidad y su subjetividad, se da en la medida en que nosotras nos diferenciamos. Así, la lectura del material clínico de las transcripciones de las sesiones nos devuelve diferentes aspectos de este proceso. Llama la atención la dificultad para diferenciar la voz y el deseo de las mujeres participantes del grupo y el de las terapeutas; son procesos grupales donde la identificación puede anular la distancia y la posibilidad de separación y reconocimiento. Ello se expresa en la mayoría de los señalamientos donde el «nosotras» define la intervención de las terapeutas. Un «nosotras» donde la experiencia de violencia es el elemento común. El proceso de reflexión continuo y las supervisiones permitieron evidenciar dicha dificultad para separar y crear al interior del grupo un «ustedes» y un «nosotras».

Espacio de catarsis.

El grupo representa también un espacio de liberación de pensamientos, ideas, sentimientos y fantasías en una actitud de desprendimiento de aquello que cada mujer lleva al grupo. Desde las historias personales, la confusión y el dolor hasta sentimientos que en otros espacios y momentos no han sido exteriorizados, ya sea por miedo al rechazo o por vergüenza.

« yo salía tranquila, era un desfogue para mí, llegaba a mi casa con mejor ánimo» (Patricia, 45 años).

« descargábamos todas nuestras preocupaciones, nos desahogábamos ahí. Yo sentía que viene una, luego otra todo contábamos se sentirán enfermas con tanto problema» (Liliana, 46 años).

Luego de contar alguna experiencia se produce una sensación de alivio, el verbalizar problemas y experiencias sentidas como terribles permite que éstas no sean vividas de forma tan dolorosa porque son compartidas y acogidas. Las mujeres pierden el temor de hacerse cargo de aquellos contenidos en un inicio rechazados.

«Mucha gente no conoce, si conociera iría corriendo si supiera lo efectivo que es, porque lo más importante es que la gente tenga autoestima, que se levante pues lo que le corresponde como persona, su dignidad» (Carla, 42 años).

« (me sentí) un poco desahogada, desfogué un poco sentí que había hablado de cosas que no le decía a nadie, que estaban dentro de mí lo conté como me había sucedido sentí un gran alivio, como que había soltado algo que estaba bien guardado para mí» (Julia, 48 años).

Sin embargo, este alivio puede correr el riesgo de sólo convertirse en un movimiento de descarga y resistirse a dar paso a la elaboración. Hablar de sus afectos y de sus experiencias representa un primer paso dentro del proceso grupal; luego se da paso al pensamiento, el que permite integrar aquellas experiencias a la vida de cada una. Este siguiente paso no siempre es logrado en los grupos, ya que la tendencia a depositar en el otro los propios contenidos, y así tener la fantasía de que uno se libra de éstos, es un mecanismo infantil utilizado de manera frecuente por las mujeres, en donde se expulsa fuera aquello que el propio sujeto no ha podido contener.

Espacio insuficiente y agobiante.

El grupo es percibido como un espacio que nunca va a ser suficientemente bueno para lo que las mujeres esperan de él. Esta vivencia se encuentra en relación con las expectativas de cada una sobre el proceso grupal, las cuales van desde que los otros se hagan cargo de sus vidas o que les resuelvan sus problemas de pareja, principalmente por medio de cambios fáciles y rápidos o soluciones mágicas.

Esto muestra la poca tolerancia al proceso que implica conectarse con lo doloroso de lo vivido. Los sentimientos son vividos de manera polarizada al igual que las vivencias de sus historias en donde se pasa de la idealización a la desvalorización, sin mediar análisis, tanto del grupo en sí como de sus integrantes.

«no fue tan importante en ese momento para mí, no fue tan importante que me haya podido cambiar la vida, de repente vi otras situaciones, otras cosas, pero esas cosas no me cambiaron la vida» (Fabiola, 43 años).

«estos grupos sirven para darte cuenta que muchas cosas dependen de ti pero tienen que ser para personas que estén pasando por etapas parecidas
tiene que sentirse identificado, esa es la idea, de alguna manera identificado con algo porque si no, no funciona porque no me sentí identificada con ninguna» (Claudia, 46 años)
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Escuchar al otro, escucharse entre ellas se vuelve también un proceso que agobia y en donde el compartir no deja de generar sentimientos encontrados y de rechazo hacia las demás participantes, ya sea porque éstas representan afectos que aún son difíciles de tolerar, o porque esto les devuelve aquellos contenidos que se prefieren negar, como las vivencias dolorosas, la impotencia, la rabia o el sentimiento de debilidad y vulnerabilidad.

« lo importante es que sea gente que haya pasado por un momento fuerte pero que esté luchando y saliendo adelante pero las personas que recién están en el problema, que están negativas y depresivas, que todo lo ven negro, no. aunque de repente esa era la idea, que nosotras las apoyemos a ellas, pero a mí me desesperaba» ( Fabiola, 43 años).

«Era como ver una mala película todas estaban caídas, entonces yo perdía más energía, no había quién me dijera oye esto de repente yo tenía más autoestima había otra que tenía unos rollazos pero que estaba ahí vendiendo sus cosas, como que era más fuerte como que más fuertes éramos pocas, todas como que estaban más débiles, yo creo que tiene que ser más parejo» (Fabiola, 43 años).

En algunos casos esta posibilidad de sentir al grupo como un espacio «agobiante e insuficiente» es también una vivencia de su experiencia como mujeres. Es la dificultad de reconocer en ellas sus propias capacidades contenedoras, lo que las lleva a rechazar en el otro aquella capacidad de cuidado, de contención que permite una mirada diferente de su ser mujer. La violencia en sus historias personales no favorece una mirada integradora que contenga aquellos aspectos positivos pero también que convivan con aquellos negativos. Esto reforzado por los estereotipos de género y la representación de madre sacrificada y omnipotente que es parte de su identidad.
NOTAS:
  1. ® Anzieu, D. (1993) Op cit.

  2. ® Pines, D. (1999). Mujeres por mujeres. Lima: Biblioteca de Psicoanálisis Fondo editorial Sidea.


Reflexiones finales.
A partir de esta primera elaboración producto de la experiencia del trabajo con grupos de terapia para mujeres que viven situaciones de violencia, queremos plantear algunas consideraciones finales respecto a tres elementos que enmarcan este proceso.

Sobre la violencia.

La violencia contra las mujeres es una problemática que responde a aspectos socioculturales y que tiene un impacto en el psiquismo individual y colectivo. Se da desde la construcción de una feminidad desvalorizada, que parte de una vivencia de un cuerpo ausente y violentado y una sexualidad negada al placer; lo que coloca a las mujeres en una posición de vulnerabilidad que favorece el mantenerse en una relación violenta.

Esta problemática no sólo afecta el mundo interno individual de las mujeres sino que evidencia un grave problema social que las coloca en una situación de desventaja donde no pueden ejercer sus derechos, limitando así su ciudadanía. En ese sentido, el espacio grupal se convierte en un lugar seguro y contenedor que facilita el desarrollo de la autonomía personal y social.

En una relación de violencia los sujetos se convierten en objetos, pierden su condición de ser humano. Por ello los grupos, desde la apuesta de las terapeutas, buscan ofrecer una relación diferente, basada en el reconocimiento, devuelven la subjetividad anulada por la violencia y ofrecen una mirada diferente del otro y del sí mismo. Aparece la posibilidad de vivenciar al otro como semejante y diferente a la vez.

La violencia que viven las mujeres trasciende sus historias y se actualiza en el proceso grupal; en esta dinámica se filtran componentes agresivos entre las mismas participantes y con las terapeutas, reproduciendo en la relación con las terapeutas vínculos polarizados que oscilan entre el rol de agresor y el de víctima.

Sobre el proceso grupal.

La experiencia de trabajo con grupos evidencia la importancia de este espacio para contener los pensamientos, afectos y fantasías de las mujeres y más aún en situaciones de violencia que irrumpen en los procesos personales y necesitan en algunos casos ser compartidos para ser elaborados. Como si el grupo intentara suplir aquel rol de protección y contención que en sus historias de vida no aparecen.

El grupo es también un significante social que se ofrece como alternativa de reconocimiento para las mujeres; en ese sentido, en el marco de la institución el grupo representa una reparación simbólica; lo grupal sumado a lo institucional restaura la confianza y el vínculo con un otro que escucha, contiene y legitima su historia. Reconociendo así, su ser mujer, sus derechos y su ciudadanía, sin repetir miradas victimizantes que anulan sus capacidades y agencias.

En grupos donde la violencia es una característica central de las participantes, la importancia del encuadre es fundamental para la consolidación del grupo ya que brinda la sensación de soporte y contención. Por tanto, el trabajo con mujeres que viven en una situación de violencia, supone un constante estar alerta al impacto de ésta sobre el encuadre y lleva a tener que recrear y ser flexibles con los límites planteados para hacer sostenible el proceso.

Durante la fase inicial la tarea de construcción del espacio grupal, en el caso de mujeres que sufren violencia, toma un mayor tiempo que el habitual, dado que existe un mayor temor a la pérdida de la identidad. Esto hace que se reviva en ellas aquello que es central en su problemática: la dificultad de separarse de un otro y estar en relación con él a la vez.
Los espacios de terapia grupal no sustituyen los espacios de terapia individual, más bien son dos experiencias que podrían enriquecerse mutuamente, dando a las participantes opciones diferentes.

Sobre las terapeutas.

La función de las terapeutas es elaborar, contener y no reproducir roles verticales. Las mujeres asisten a los grupos con la ilusión de resolver la situación de violencia que están viviendo con sus parejas, para encontrar respuestas directas y saber cómo actuar en determinadas situaciones, pero ofrecer respuestas sería reproducir relaciones de poder y violencia donde las mujeres desaparecen como sujetos y el otro decide qué es lo mejor para ellas.

A partir de esta experiencia creemos central que los servicios de salud mental deben especializarse en esta problemática, incluyendo la perspectiva de género de manera transversal, desde los profesionales a cargo hasta las técnicas utilizadas para su abordaje. Trabajar con mujeres que viven violencia requiere interpelarnos sobre las representaciones de las relaciones de género y los roles estereotipados de lo masculino y lo femenino presentes en nuestras relaciones cotidianas.

La supervisión para las terapeutas y la terapia personal de las mismas permiten contar con espacios de reflexión y de contención para las profesionales involucradas que son testigos indirectos de la violencia. La supervisión permite entender la dinámica de los grupos, los diferentes afectos y sentimientos que se activan en las sesiones y brinda la posibilidad de un espacio de elaboración necesario frente a esta experiencia.


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