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América Latina en el siglo XXI: Alianzas de clase, populismo y la “revolución pasiva”
Autores corporativos:
Agencia Latinoamericana de Información (canal)

Autores personales:
Gandásegui, Marco A. (Autor/a)

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Fecha:
12 de Enero de 2007
Entradilla:
La aparición en la región de gobiernos electos en las urnas con inclinaciones izquierdistas y que derrotan propuestas más conservadoras, ha levantado un número plural de preguntas. Quizás la pregunta más relevante que se plantea es si América Latina se enfrenta a una tendencia político-electoral irreversible y acumulativa. Al mismo tiempo, sin embargo, se señala que los gobiernos “progresistas” elegidos en la región están cumpliendo con agendas ajenas (neoliberales) a los intereses de los sectores populares que los llevaron al poder. Hay quienes plantean, incluso, que los nuevos gobernantes son “neoliberales” enmascarados detrás de una aureola popular.
Introducción/Descripción:
Este artículo pretende abordar estas dudas en torno a los gobiernos “progresistas” que han surgido a principios del siglo XXI. Primero queremos desechar cualquier confusión que pueda existir entre el actual panorama político con el populismo del pasado. Segundo, creemos poder explorar en forma más diligente el problema introduciendo el concepto de “revolución pasiva” utilizado por Gramsci en la primera mitad del siglo XX. A su vez, es necesario reconocer las clases sociales y sus proyectos [1]. Por último, no se puede dejar fuera del análisis las contradicciones que genera el desarrollo capitalista a escala mundial.

Populismo y alianza de clases.

El populismo en América Latina está directamente asociada a las políticas de industrialización mediante la sustitución de importaciones que tuvo dos momentos políticos. En primer lugar, los países del cono sur en el período marcado por la segunda guerra mundial. En segundo lugar, en los países del norte de Sur América y algunos centroamericanos a partir de la década de 1950. Fue la consecuencia de la ruptura de una facción de la vieja oligarquía terrateniente (en el caso de Panamá era urbano-terrateniente) dominante que percibe una fuente de acumulación (capitalista) más rápida y segura - así como sustanciosa - mediante la creación del mercado interno (nacional).

Esta facción oligarca, que estructuralistas y marxistas identificaron como "burguesía nacional", logró articular una alianza efectiva con segmentos de la clase obrera organizada y con otros sectores sociales, que tenían algún grado de expresión política. Eran alianzas, con características propias muy heterogéneas según cada país, en torno a un discurso contestatario y transformador (recogió en su momento las reivindicaciones históricas de las capas medias y de la clase obrera).

Esas experiencias históricas, y sus fracasos traumáticos posteriores, dejaron profundas huellas, tanto en la “memoria de clase” como en la misma estructura social que se levantara en su lugar a fines del siglo XX. Los populismos derrotados (aplastados sería un mejor término) del siglo XX están siendo emulados de una manera muy original, en los albores del siglo XXI, por “revoluciones pasivas” [2].

La “revolución pasiva”.

Como diría Balsa [3] “la revolución pasiva es un proceso de internalización de las demandas de los subalternos dentro de una formación hegemónica”. Pero son “demandas” descalificadas y declaradas irrealizables por los propios proponentes. La revolución pasiva quedaría reducida a “un proceso de transformación desde lo alto en que se recupera una parte de las demandas de abajo, pero quitándoles toda iniciativa política autónoma, lo cual genera consenso, sin dar poder político”.

Sin embargo, estos actores sociales (clases, grupos, estratos, categorías) que se logran organizar o que son organizados, que legitiman su alianza y se imponen en torneos electorales convocados por los “otros”, ¿qué tienen en común, qué proyecto común persiguen?

En el discurso se plantea, entre otras cosas, poner fin a la pobreza. La movilización generalizada del voto en siete de 10 países de Sur América (sólo Colombia, Paraguay y Perú aún se encuentran fuera del círculo de las “revoluciones pasivas”) le ha dado el mandato a gobernantes y partidos de izquierda para acabar con la desigualdad y la pobreza [4]. Sin embargo, como agrega Balsa, de antemano, la demanda de “los subalternos” es “sometida a tres procesos: 1. negación, 2. desvalorización y 3. utopización” (en la concepción negativa de la palabra).

Proyectos de clase.

Los gobiernos populistas tenían, a mediados del siglo XX, dos actores principales con proyectos sociales definidos por una densa inteligencia institucional y de destacadas personalidades. Por un lado, la burguesía y su proyecto de mercado interno para acumular más, y en mejores condiciones políticas, con algún grado de autonomía frente al centro del sistema capitalista. Por el otro, la clase obrera que percibía a la alianza con la “burguesía nacional” como una plataforma para acumular fuerzas políticas y comenzar a construir la sociedad socialista, sin explotadores ni explotados.

¿Cuáles son los actores sociales de la “revolución pasiva”? ¿Es otra versión, modificada y actualizada, de la burguesía (nacional u otra) y de la clase obrera de cada país? El Estado populista tenía una clase obrera en ascenso y una burguesía productiva que se consolidaba. La “revolución pasiva”, sin embargo, tiene una clase obrera que no crece y una burguesía productiva con un perfil muy bajo [5]. El discurso de la clase obrera en la “revolución pasiva” es reivindicativo y el de la burguesía es de integración (ALBA, Mercosur). Durante el período populista la clase obrera proclamaba la revolución y la burguesía la reforma (agraria, educativa, urbana y fiscal).

Los monocultivos del siglo XXI.

Algo tienen en común los siete países inmersos en “revoluciones pasivas”: Las ganancias extraordinarias que están experimentando sus “mono-cultivos” de exportación como resultado de fenómenos que se están dando en el mercado capitalista mundial. La tasa de crecimiento anual de los productos nacionales durante la época populista (industrialización mediante la sustitución de importaciones) superaba el 5 por ciento. Nuevamente, los países con “revoluciones pasivas” acusan altas tasas de crecimiento económico que se traducen en Estados (instituciones) ricos [6].

En Venezuela y Ecuador su rubro de exportación - el petróleo – nunca había conocido precios en el mercado mundial tan elevados. En Argentina, Uruguay y Brasil la demanda asiática ha disparado los precios internacionales del sorgo y de otros granos. En Chile, los enormes pedidos de cobre por parte de la R.P. China han cuadruplicado los ingresos al fisco de ese país andino. Por último, el control efectivo del Estado sobre los hidrocarburos ha aumentado significativamente los ingresos del tesoro nacional de Bolivia [7].

El populismo en los países de la región de mediados del siglo XX fracasó, entre otras razones, por el pragmatismo de la llamada burguesía nacional. Cuando consideró que era peligroso seguir siendo parte del proyecto latinoamericano junto con los sectores “subalternos”, se sumaron a las fuerzas políticas que propugnaban el ajuste, tanto político (represión sangrienta) como económica (neoliberalismo). El proyecto populista colapsó cuando uno de sus actores sociales abandonó el pacto.

A principios del siglo XXI, las clases sociales latinoamericanas canalizan sus energías políticas de diferentes maneras y a distintas velocidades en el marco de alianzas pluriclasistas. Tienen en común la militancia de partidos socialistas, de dirigentes con perfiles populares, la participación de sectores burgueses de bajo perfil [8] y de ingresos extraordinarios de divisas. La ausencia de cualquiera de estos factores – especialmente de los últimos dos – podrían provocar una crisis.

¿Imperialismo?.

Queda por hacer el análisis de las “revoluciones pasivas” y las relaciones de América latina con EEUU en el contexto de las contradicciones que genera el desarrollo del capitalismo (imperialismo). Hay preguntas como las siguientes:

¿Las derrotas populistas de la segunda mitad del siglo XX fueron el resultado de las contradicciones internas de cada país o, más bien, consecuencia de las contradicciones que experimentaba el sistema capitalista de acumulación a escala mundial? Ruy Mauro Marini, en 1978, diría que “en (aquella) coyuntura, determinada por la crisis económica internacional, las economías latinoamericanas están sufriendo profundas transformaciones que apuntan a la modificación de su estructura productiva y a un nuevo modo de ajuste entre ellas, así como entre Latinoamérica y la economía mundial” [9]. ¿Depende el futuro de los gobiernos progresistas latinoamericanos de principios del siglo XXI de las contradicciones que genera el desarrollo contradictorio del sistema capitalista mundial?

La crisis del capitalismo mundial afectó especialmente a su centro de mayor dinamismo, EEUU, en la década de 1970, obligándola a liberar el sistema monetario, a aceptar su derrota en Vietnam, a remover a su Presidente e introducir políticas de ajuste económico (neoliberalismo) [10]. ¿Puede otra crisis de acumulación capitalista a escala mundial provocar ajustes económicos y derrumbes políticos a principios del siglo XXI en América latina? La retirada del ejército de ocupación norteamericano de Irak, una crisis en las relaciones entre EEUU y China, el colapso de los precios de materias primas en la bolsa. ¿Cómo afectaría estos u otros cambios similares a las “revoluciones pasivas” latinoamericanas?.
NOTAS:
  1. ® Zibechi acaba de hacer un análisis interesante sobre los movimientos sociales en la región en el marco de las “revoluciones pasivas” que caracterizan los primeros años del siglo XXI. Ver Raúl Zibechi, 2007, Afianzar la autonomía, retomar la iniciativa, Montevideo: ALAI-AMLATINA.

  2. ® Según Campione, “Gramsci denomina “revolución pasiva”, (lo) que puede realizar un programa en apariencia muy similar (a) una auténtica revolución, pero cuyos resultados en términos de iniciativa y autonomía populares son diversos y hasta opuestos”. Daniel Campione, 2006, “Una visita a Rosa Luxemburgo y Antonio Gramsci en el contexto latinoamericano”, e-l@tina, Vol. 4, Nº16, (Buenos Aires), julio-septiembre. http://www.iigg.fsoc.uba.ar/elatina.htm .

  3. ® Javier Balsa, 2007, "Hegemonías, sujetos y revolución pasiva", Tareas Nº125 (en imprenta), enero-abril.

  4. ® En el caso de los otros 10 países más al norte, en sólo tres se produce algo parecido a la “revolución pasiva”: Nicaragua, Panamá y República Dominicana. Ninguno de estos países, sin embargo, tiene partidos gobernantes progresistas con la organización o movilización social parecidas a los de Sur América.

  5. ® Hay que hacer la distinción de la Argentina cuyo presidente, Néstor Kirchner, intenta levantar el perfil de una “burguesía nacional”. Ver Vivek Chibber, 2005, “Reviviendo el Estado desarrollista. ¿El mito de la burguesía nacional?, en El imperio recargado, Buenos Aires: CLACSO.

  6. ® Según Kohan, “mediante la revolución pasiva los segmentos políticamente más lúcidos de la clase dominante y dirigente intentan meterse "en el bolsillo" (la expresión es de Gramsci) a sus adversarios y opositores políticos incorporando parte de sus reclamos, pero despojados de toda radicalidad y todo peligro revolucionario. Ver Néstor Kohan, 2006, “La gobernabilidad del capitalismo periférico y los desafíos de la izquierda revolucionaria”.

  7. ® Según el vice-presidente de Bolivia, Alvaro Garcia Linera, “cuatro son los pilares a desplegarse incesantemente en esta lucha contra el neoliberalismo... (entre ellos se destaca la) recuperación de nuestras riquezas colectivas... y procesos crecientes de unificación de movimientos sociales (de campo-ciudad, de indígenas y campesinos, de obreros jóvenes, de desocupados, de sin tierra y asalariados)”. Alvaro García Linera, 2006, “Cómo desmontar los cuatro pilares del neoliberalismo y con qué sustituirlos”, Rebelión, Sucre, (29 de octubre).

  8. ® El 29 de septiembre de 2003, el presidente argentino, Néstor Kirchner dijo en que “es fundamental que el capital nacional participe de un proceso de reconstrucción de la sociedad. Es imposible un proyecto de país si no consolidamos una burguesía nacional”. Raúl Zibechi, 2003, “Globalización o burguesía nacional. Un debate fuera de tiempo”, ALAI, 9 de octubreEl 29 de septiembre de 2003, el presidente argentino, Néstor Kirchner dijo en que “es fundamental que el capital nacional participe de un proceso de reconstrucción de la sociedad. Es imposible un proyecto de país si no consolidamos una burguesía nacional”. Raúl Zibechi, 2003, “Globalización o burguesía nacional. Un debate fuera de tiempo”, ALAI, 9 de octubre.

  9. ® Ruy Mauro Marini, 1978, “Nueva inserción en el mercado mundial”, El Universal, (México), 15 de marzo de 1978, Archivo de Ruy Mauro Marini.

  10. ® “En EEUU, entre 1950 y 1973, el PIB creció al 3.7% anual. Entre 1973 y 1998 sólo al 2.4% anual. La tasa de desocupación fue en promedio igual a un 4.6% entre 1950 y 1969 e igual a un 6.8% entre 1970 y 1989. El salario real por hora trabajada (trabajadores productivos) fue igual a 8,55 dólares (constantes de 1982) en 1973 para caer a 7,39 dólares en 1995”, en José Valenzuela F., 2006, “Pinochet : Muerte y herencia de un dictador”, en Rebelión, 12 de diciembre.
Publicado en:
Gloobalhoy nº8
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