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Recorriendo referencias ancestrales e históricas y redefiniendo conceptos y categorías elaboradas por el movimiento feminista, se nos presenta de forma sencilla y clara, una visión de la situación de las mujeres en nuestro mundo y de un necesario protagonismo en el empoderamiento.
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Introducción/Descripción:
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“El peor enemigo de las mujeres es su abnegación”. Betty Friedan
Es bien sabido, -aunque no del todo reconocido-, que históricamente las mujeres han sido discriminadas económica, social, política y culturalmente; pero sin lugar a duda ha sido la sexualidad femenina el mecanismo de control más eficaz del sistema patriarcal a través del cual, y basándose en diferencias sexuales, ha invisibilizado y excluido a las mujeres de todos los procesos y estructuras organizativas.
Desde esta perspectiva androcéntrica y universal, mujeres y hombres hemos sido cosificados, educados, y aleccionados para desempeñar funciones y tareas distintas. Ha sido esta rígida demarcación la que ha generado relaciones desiguales de poder y un absoluto ostracismo y confinamiento de las mujeres al ámbito doméstico.
No obstante, pese a que todo no ha sido un camino de rosas, hubo tiempos y espacios en los que las mujeres teníamos voz y palabra propia, o al menos nuestra presencia era significativa y relevante en ciertas culturas y sociedades.
Por ello, nos parece importante presentar un breve recorrido histórico:
Según interpreta el antropólogo André Leroi-Gourhan, nuestros antepasados del Paleolítico “sabían que el mundo animal y humano se componía de mitades “contrapuestas” (masculino y femenino), y concebían que la unión de ambas regía la economía de los seres vivos”. Sin embargo, sería más que recomendable presentarlas y construirlas como “mitades diferentes pero complementarias”.....necesariamente complementarias??.
Las evidencias arqueológicas y sus nuevas interpretaciones ( figuras híbridas de mujer y animal, venus paleolíticas, etc), ratifican que las primeras deidades, indiscutiblemente, fueron femeninas. En sus orígenes, estas deidades estaban asociadas con el culto a la vida, a la fertilidad, y a la preservación de la naturaleza bajo unos principios de cohesión, solidaridad y equilibrio.[1].
Los hallazgos arqueológicos muestran en los albores de la historia humana, una sociedad en la que el principio básico es el “compartir” antes que el “dominar”. Hombres y mujeres compartían equitativamente la cotidianidad en la diferencia; nuestras antecesoras desarrollaron una significativa autonomía y conocimiento no sólo de su fisiología, sino de diferentes estrategias asociadas al mantenimiento y sostenibilidad de la vida, y por tanto a la salud propia, de sus hij@s y de otros miembros de la comunidad, y a la sexualidad de una manera placentera y natural.
En este sentido, la antropóloga austriaca Rianne Eisler, en su fantástico libro “El Cáliz y la Espada” (cáliz como símbolo de mujer “dadora de vida” frente a la espada como símbolo de muerte, colonización y destrucción), basándose en pruebas científicas y fehacientes, cree firmemente que existieron sociedades donde las diferencias entre hombres y mujeres fueron aprovechadas para potenciar la belleza, la ciencia, las artes, la política. Una de sus principales características radicó en que todos los esfuerzos colectivos se centraron en conseguir una convivencia humana más placentera, solidaria e igualitaria.
Las deidades y la veneración de lo femenino era evidente en nuestras sociedades ancestrales; no obstante, no podemos hablar de sociedades matriarcales en el sentido estricto pero es indudable que, al menos durante varios siglos, la humanidad vivió su cuerpo y su sexualidad de una manera natural. Rescatando los últimos estudios, análisis e investigaciones en este campo sería más adecuado referirnos y/o hacer mención a “sociedades más equitativas”[2].
Hoy sabemos que, alrededor del V milenio A.C., pueblos nórdicos empujados por las interglaciaciones, hambrientos y desplazados, impusieron a estas sociedades (ubicadas en la cuenca del Mediterráneo) la violencia, así como sus dioses masculinos que exaltaban la fuerza y con ella los símbolos que podían causar la muerte como el rayo, el tridente, y la macana.[3]
Dicha subordinación eliminó la figura y mitificación de las diosas, dando paso a las “vírgenes”, veneradas sí, pero condicionadas a ser única y exclusivamente madres terrenales de los verdaderos dioses. Este nuevo fenómeno va configurando las representaciones de las religiones actuales.
Dados los acontecimientos históricos antes mencionados, la colonización, la violencia y la imposición fueron los elementos y características de una sociedad patriarcal y androcéntrica que conformó la posterior e inminente subordinación y discriminación de las mujeres.
El conocimiento se fue arrancando a las mujeres lentamente, se las fue reduciendo a las cocinas y al harén (ámbito privado) y siglos más tarde a los conventos (ámbito público). Pero lo relevante, lo verdaderamente importante de esta subordinación, no se contempla sino hasta el momento en que se condenó y expropió el cuerpo de la mujer, convirtiéndolo en un mero objeto. En este marco, surge la dicotomía entre cuerpo y alma, dando mayor importancia a la apariencia externa del mismo –según el patrón de belleza establecido en el contexto histórico- pero enfocado principalmente a su función reproductiva. ...y es en esta “invasión-apropiación” donde las instituciones y poderes públicos desde una perspectiva patriarcal ejercen el control más desmesurado sobre el cuerpo y sexualidad femenina.
Entre el período histórico de la esclavitud y la edad media, el cuerpo de las mujeres se fue convirtiendo en objeto, se cosificó. La concepción de “varones inferiores” [4] o de “úteros andantes” cobró fuerza. Ya no eran ciudadanas, ya no podían ser propietarias, menos debían estudiar. Se cuestionó si tenían alma inmortal o no. Santo Tomás de Aquino declaró que como individuo la mujer es un ser endeble y defectuoso. Siglos más tarde, Descartes afirmaría que lo máximo que les podría pasar era el ser equiparadas a la naturaleza, y como ella, debía ser conquistada, usada por la fuerza en beneficio de la civilización. Ahora, las mujeres y sus cuerpos han pasado a ser propiedad de la sociedad patriarcal, propiedad del varón. En este marco, cabría preguntarnos, ¿dónde queda relegada la identidad, el cuerpo, y la sexualidad de las mujeres?.
Millones de mujeres fueron sacrificadas, asesinadas en un espacio de tres siglos, acusadas de ser brujas, yerbateras, curanderas, alquimistas o parteras, de este modo se enterraban los conocimientos adquiridos durante siglos. Algunas mujeres se libraron de la quema, y voluntaria o involuntariamente, optaron por la vida monástica ante la posibilidad de aprender a leer y escribir. Mientras, los poderes reguladores como la iglesia y el estado implementan pautas patriarcales en la sociedad dirigidas a minimizar y encorsetar el rol de la mujer.
Eliminada la concepción integral de la salud que impulsaron nuestras sociedades ancestrales, los siglos que siguieron de subordinación y desigualdad de las mujeres han implicado la negación de su cuerpo, negación de su sexualidad, negación de su condición de sujetos, y exaltación como objetos, objetos sexuales, inequidad social, económica, política, etc. Se les ha arrancado de la historia, se les ha expropiado el cuerpo y de su historia, la historia de la mitad de la humanidad.
Es importante visibilizar y destacar los mecanismos de control y opresión -a veces sutiles y otras explícitos- que han construido los poderes reguladores como la iglesia, el estado, la familia, la ciencia, la escuela etc, sobre y contra las mujeres.
Conviene que estos hechos no se presten a confusión, lejos de nosotras quedaría el presentar a la mujer como “víctima”; pues aunque son conocidos múltiples y diversos mecanismos de resistencia que han ido construyendo las mujeres a lo largo de la historia, es indudable que ésta no ha sido escrita ni interpretada por ninguno de los colectivos “más discriminados y marginados” de la estructura social como son las mujeres, l@s negr@s y l@s indígenas.
Podemos afirmar que la salud es un indicador importante que verifica el nivel de desarrollo de los pueblos. Diversas legislaciones apoyan y legitiman ciertas prácticas culturales que repercuten negativamente en la salud física y psíquica de las mujeres. Por ejemplo, la realización de ablaciones[5] en diversos países de África, y/o el reparto inequitativo de la ración alimenticia dentro de la estructura familiar (primero el padre y el hijo, en último lugar la hija y la madre). En el primero de los casos se violan y vulneran los derechos humanos de las mujeres, así como el derecho a decidir libremente sobre su cuerpo y sexualidad; y en el segundo caso, se producen serios cambios en el ciclo de ovulación, desnutrición, anemia etc; generándose por todo ello efectos nocivos y perjudiciales en la salud de las mujeres.
De la autonomía, veneración, equidad, y creatividad social se dió paso a la desigualdad, infravaloración, y concentración de las mujeres en el ámbito doméstico. Los poderes han venido estableciendo normativas y legitimando una relación de poder desigual tanto en la estructura familiar (ámbito privado), como en la estructura y organización social (ámbito público).
Los mismos agentes reguladores y socializadores se encargaron de que mujeres y hombres cumplieran roles distintos y desiguales en la sociedad. A las mujeres se las educó para servir y cuidar a otr@s, postergando siempre “lo propio” para una última opción. Su sexualidad fue normatizada por el máximo patriarca que son el Estado y la Religión, y su control inmediato, garantizado por los ciudadanos más cercanos: padres, hermanos, esposo. En este marco, la mujer simboliza el sentimiento, el capricho, la debilidad, reduciendo su rol a un mero apéndice. Sin embargo, los hombres fueron educados para ser servidos, cuidados, atendidos, y todo ello con el fin de que pudieran acumular conocimientos, experiencias, sabiduría, ciencia, razón, etc.
La rigidez de los roles sexuales nos ha privado a unos de la ternura, y a otras de la participación. Nos ha excluido a unas de los saberes públicos y a otros de los privados. Este tipo de estructura social nos ha convertido en “esclavas” de lo privado, y “exclusivos” de lo público. Por esta vía presentamos casi siempre mundos antagónicos e irreconciliables: arte/ciencia, humanismo/técnica, ternura/agresividad, etc. Parece ser que olvidamos que en este modelo de desarrollo, todos y todas hemos perdido. No obstante, los perjuicios han sido mayores para las mujeres, ya que hemos venido reproduciendo no sólo los contenidos simbólicos del patriarcado, sino también, las relaciones de poder y dominación en y hacia los cuerpos de las mujeres, los diferentes, las minorías, la naturaleza, etc.
Es cierto que la igualdad jurídica en muchos países ha supuesto un avance y mejora en la situación de las mujeres, pero en la mayoría de los casos la implementación de políticas de igualdad y los avances jurídicos no se corresponden con la realidad y práctica cotidiana. Es necesaria una distribución equitativa de funciones y responsabilidades entre hombres y mujeres en el ámbito doméstico[6]; de no ser así, nunca alcanzaremos la igualdad real y las mujeres continuaremos asumiendo jornadas exhaustivas de trabajo dentro y fuera del hogar. Pese al compromiso y acuerdos gubernamentales e internacionales de promocionar e impulsar la igualdad, todavía los poderes reguladores (estado, familia, iglesia, medios de comunicación, escuela, centros de poder económico, etc) siguen reproduciendo y sosteniendo una relación asimétrica entre hombres y mujeres[7].
De igual forma, todavía en muchos países la legislación justifica y legitima la violencia intrafamiliar argumentando la no injerencia en el ámbito privado. Argumentos similares justifican la violación sistemática, durante siglos, de las “tropas vencedoras” a las mujeres de los “vencidos”[8].
Pese a haberse ejercido el control más extraordinario y sin antecedentes sobre el cuerpo femenino, o quizá por lo mismo, la mujer es ante todo y fundamentalmente un cuerpo. La sexualidad femenina ha sido siempre negada, y asociada única y exclusivamente a la procreación, a la maternidad. Ni los textos legales, ni los médicos se refieren a los afectos; sin embargo, allí se oculta de un lado el mal llamado poder de las mujeres; y de otro lado la justificación de las otras violencias (física, psíquica, verbal, institucional), las de la invisibilidad social, la de estar presentes en el desarrollo como sujetos pasivos, la negación, la de los prejuicios y estereotipos...
Con el propósito de ubicarnos en el presente, y adentrarnos en algunos factores de la desigualdad de género y su impacto en el desarrollo, a continuación señalamos algunos datos significativos:
- En la población de 0 a 5 años, globalmente han disminuido las tasas de mortalidad, sin embargo en América Latina y el Caribe, las niñas mueren más que los niños en 11 de los 19 países del área, siendo las causas la desnutrición, falta de inmunización y de atención adecuada e integral.
- En la población de 15 a 45 años, la diferencia en la morbi-mortalidad se relaciona con los procesos de reproducción. Los embarazos precoces, el poco espaciamiento entre los mismos, malnutrición proteica, crean condiciones de mayor vulnerabilidad.
- La primera causa en la región de mortalidad materna es el aborto seguido de la toxemia, hemorragias y complicaciones del puerperio. De la misma manera, la mortalidad por cáncer de cuello uterino se asocia a las reinfecciones virales y otras venéreas.
- El conjunto de las acciones de atención primaria de la salud son efectuadas por las mujeres, en su mayoría madres, y ésto se ha calculado que puede significar hasta cuatro veces el valor mundial de lo invertido para el mismo efecto, desde los servicios formales de salud. La implementación de PAE (políticas de ajuste estructural) en el marco neoliberal, han producido recortes presupuestarios en el sector social sobrecargando con ello a las mujeres en responsabilidades y atención directa a sus familias y comunidad.
- Las mujeres del mundo entero, en promedio, trabajan alrededor de 17 horas diarias, repartidas en dobles o triples jornadas. El 90% de las mujeres trabaja en, por lo menos, una de estas jornadas los 365 días del año. El triple rol de las mujeres (reproductivo, productivo y comunitario) provoca cansancio y estrés.
- La mayor parte de los pobres del mundo son mujeres (feminización de la pobreza), quienes por lo demás constituyen el 50% de la población migrante (feminización de la migración), y el 80% de l@s desplazad@s en el mundo por diferentes formas de violencia.
- Según las NU, uno de cada cuatro hogares en el mundo tienen una mujer como única responsable (jefa del hogar), cifra que aumenta paulatinamente. Este fenómeno demuestra una disminución progresiva del tiempo libre de las mujeres, afectando seriamente a su salud.
- El cuerpo femenino es el escenario privilegiado de experimentación médica, en lo que a aspectos de población se refiere.
Los roles fuertemente marcados, la asignación de relaciones de poder asimétricas, y la implementación de políticas carentes de perspectiva de género son el resultado de una construcción histórica y cultural antes que biológica.
En estos tiempos de locura, las mujeres nos debatimos entre “tradición” y “modernidad” y es por ello que seguimos siendo mujeres escindidas, sincréticas, condicionadas, sobrecargadas, estresadas.....nuestra incorporación al mercado laboral se nos presentó como uno de los mayores logros para alcanzar la igualdad, sin embargo no ha dejado de ser una “trampa”....”somos mujeres 10, sin dejar de ser 0 a la izquierda”.[9]
El enfoque de género constituye una categoría política de análisis de la realidad, propuesta desde diferentes tendencias dentro del movimiento social de mujeres, que no significa otra cosa que tomar en cuenta, cómo se han construido socialmente los roles sexuales, y de qué manera han impactado en el desarrollo humano al cimentarse en una relación asimétrica y subordinada para las mujeres.
Las metas y objetivos en el enfoque de “género en el desarrollo” se centran en reducir el desequilibrio tanto en el acceso como en el uso y control de los recursos y beneficios, desarrollando opciones autónomas de las mujeres para decidir sobre su vida, cuerpo y sexualidad. Este enfoque coloca a las mujeres en el desarrollo como sujetos sociales, apropiadas de conocimiento, información y recursos, así como autovaloradas y reconocidas social, económica y políticamente. Quedan explícitos los derechos al libre desarrollo de la personalidad, a la libre opción sobre la maternidad, a la libre opción sexual, así como a disfrutar del sexo como placer, como salud, y como ejercicio de libertad. En definitiva, es necesario hablar, reivindicar, y explicitar los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, derecho a la propiedad, derecho a la educación, derecho a la participación política, económica, social, cultural etc...derecho a tener derechos.
Las mujeres debemos ser las protagonistas de nuestra propia historia; tenemos que ser sujetos con derechos, ciudadanas del mundo. De esta manera, quizá, podamos complementarnos en la diferencia.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
- Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) Informe 2001.
- Esperanza Cerón V. “Del cuerpo venerado al cuerpo expropiado”.
- Riane Eisler. “El Cáliz y la Espada”. 1990.
NOTAS:- ® En la actualidad, principios que promueve y reivindica la corriente ecofeminista.
- ® Hasta 1950 los últimos vestígios de este tipo de sociedades se localizaron en SAMOA (Isla del Pacífico). Trás la colonización inglesa, dicha estructura social igualitaria desapareció.
- ® Las sociedades neolíticas que adoraban a la Diosa tenderán a desaparecer con la progresiva incursión de los indoeuropeos, pastores nómadas procedentes del norte asiático y europeo en busca de tierras fértiles. Estos pueblos eran gobernados por poderosos sacerdotes y guerreros, fieles a sus dioses masculinos de la guerra. Un nuevo modelo de organización social se impone a través del dominio y violencia masculina, estableciendo una estructura social jerárquica y autoritaria.
- ® “La mujer es un ser inferior, un varón deforme o un hombre al revés”. Aristóteles.
- ® Relativismo o especificidad cultural de los pueblos versus derechos humanos de las mujeres. ¿Podemos hablar de “injerencia” ante una práctica cultural que viola y vulnera los derechos fundamentales de las mujeres?.
- ® Prejuicios y estereotipos socio-culturales refuerzan y legitiman el rol de la mujer como madre-esposa, cuidadora fundamental del hogar.
- ® Segregación ocupacional en el mercado laboral, desigualdad salarial, escasa representación de la mujer en los espacios de poder y toma de decisiones.
- ® Una de las leyes fundamentales en el patriarcado es el concepto de la "propiedad" que tiene el varón sobre la mujer y su cuerpo. Por orden de prioridades aparecen la mujer y la tierra como "objetos" a ser conquistados, colonizados y por lo tanto, poseídos. En este sentido, ¿qué hecho sería más nocivo para un varón que un sujeto externo, -por cierto, de su mismo sexo-, viole a su "mujer" y conquiste su "tierra"?.....conviene visibilizar las múltiples y diversas formas de violencia que padecen de manera sistemática las mujeres en zonas de conflicto.
- ® Referencia de Miguel Lorente Acosta, médico-forense. Universidad de Granada.
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