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Globalización y seguridad alimentaria
Autores corporativos:
Centro de Estudios de Desarrollo Huquisaca (autoría)
Instituto de Estudios Políticos para América Latina y África (autoría; canal)

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 Índice:
     1. La seguridad alimentaria.
          1.1. Un viejo debate: El equilibrio entre población y producción de alimentos.
          1.2. ¿Qué es la Seguridad Alimentaria?.
               1.2.1. La Seguridad Alimentaria Nacional (SAN) .
               1.2.2. La Seguridad Alimentaria Familiar (SAF).
               1.2.3. La Seguridad Alimentaria Individual o Suficiencia Alimentaria.
          1.3. Otros aspectos de la Seguridad Alimentaria.
          1.4. La Soberanía Alimentaria: más allá de la Seguridad Alimentaria.
     2. La globalización y sus efectos sobre la seguridad alimentaria.
          2.1. El proceso de globalización y su contexto.
          2.2. El libre comercio y los acuerdos internacionales.
          2.3. Los efectos de la transnacionalización del capital sobre la alimentación.
          2.4. Biotecnología y transnacionales de la alimentación.
          2.5. El sistema alimentario moderno.
1. La seguridad alimentaria.
Comenzaremos este artículo aproximándonos al concepto de Seguridad Alimentaria (SA) desde una perspectiva histórica y multicausal, repasando planteamientos éticos e ideológicos que, aunque parten de diferentes visiones, coinciden en buscar explicaciones y salidas a uno de los hechos conocidos más indignantes: más de 800 millones de personas padecen hambre en el mundo.

“Dar de comer al hambriento” es un deber moral arraigado en todas las culturas, un mandamiento compartido por todas las religiones. Sin embargo, veremos que para solucionar el hambre endémica y la desnutrición crónica “dar de comer” no es suficiente para el hambriento. Y es que “no sólo de pan vive el hombre”.

Hambre y Seguridad Alimentaria son conceptos opuestos que han evolucionado sustancialmente desde los años 70. Es importante que conozcamos las distintas teorías y posturas que existen en torno a estos términos.


  1.1. Un viejo debate: El equilibrio entre población y producción de alimentos.
Existen dos visiones contrapuestas, mantenidas a lo largo del tiempo, que tratan de explicar las causas del hambre y promover medidas que garanticen el alimento suficiente para todos y todas, y que a la vez aseguren el equilibrio entre población y recursos.

  • Los "pesimistas" o (Neo) Malthusianos.

    Esta corriente tiene su origen en el pensamiento de Thomas Robert Malthus (1766-1834), un economista inglés que planteó en su Primer Ensayo sobre la Población que la población suele aumentar en una proporción geométrica y la producción de alimentos sólo puede aumentar en una proporción aritmética porque la capacidad de la tierra es limitada. Como consecuencia de ello, la tendencia de la población y su necesidad de alimento supera las limitaciones de la tierra, por lo que la escasez aparecerá periódicamente, la pobreza siempre amenazará a la condición humana y el hambre ha de concebirse como un fenómeno connatural a la humanidad.

    Simplificando de una manera algo burda, esto significa que el hambre debida a la escasez y otros fenómenos equiparables en términos demográficos, como pueden ser las guerras o las grandes epidemias, no han de interpretarse únicamente como plagas apocalípticas, sino como mecanismos de regulación del equilibrio demográfico.

    Las proyecciones elaboradas a partir de esta visión resultan catastrofistas, ya que consideran la pobreza y sus efectos sobre el medioambiente como los mayores obstáculos para lograr un desarrollo sostenible: la llamada “bomba demográfica”. Mientras, se deja de lado la consideración de la progresiva concentración de riqueza, los niveles de consumo y el volumen de residuos generados por los países industrializados. Y lo que es peor, sirviéndose de estos argumentos, se han aplicado drásticas políticas de control de natalidad a grupos de población indígena y/o marginal en Asia, Africa y América Latina, a menudo sin informar a las personas afectadas, tratándolas con métodos anticonceptivos experimentales de dudosos resultados o practicando esterilizaciones masivas.

  • Los "optimistas" o antimalthusianos.

    Se trata de una corriente crítica al pensamiento malthusiano, al que contrapone argumentos para mostrar que el crecimiento demográfico es un factor que estimula la creatividad y el desarrollo social y económico. Las épocas de intenso crecimiento demográfico corresponden a momentos de grandes avances científicos y técnicos que aplicados a la producción contribuyen a generar un aumento de la productividad.

    Esto puede observarse en regiones densamente pobladas en las que se ha logrado generar abundantes excedentes de alimentos gracias a la inversión en infraestructura y desarrollo tecnológico, particularmente agrícola. Lo cual demuestra que el crecimiento demográfico no genera de por sí escasez. La lógica que sigue este proceso se basa en la oferta y la demanda: a mayor demanda, los precios suben y ello estimula el aumento de la producción hasta llegar a generar una sobreoferta que favorece la reducción de precios.

    Pero no se trata de un mecanismo infalible. Existen zonas rurales donde este modelo no se repite porque aunque el ritmo de crecimiento demográfico sea el adecuado, las posibilidades de intercambio y producción están seriamente limitadas por las condiciones físicas, o existen factores externos que alteran el equilibrio entre población y recursos.

Según datos de Naciones Unidas, a partir de los años 60 el crecimiento demográfico mundial ha descendido debido a que la tasa de natalidad se ha reducido más rápidamente que los índices de mortalidad. En 1963 se alcanzó una tasa de natalidad mundial del 2,2%, que baja hasta el 1,4% en 1996. La población mundial rebasa ligeramente los 6.000 millones de habitantes en el año 2001.

Se prevé que el crecimiento demográfico siga aumentando aunque se reduzca la tasa de natalidad, ya que en la actual estructura de edades sigue predominando la población joven en la mayoría de los países y muchas mujeres están en edad reproductiva. El otro elemento a tener en cuenta es la tasa de mortalidad, que refleja una lenta pero sostenida disminución, con el consiguiente aumento de la esperanza de vida al nacer: una clara tendencia que se mantiene desde hace 40 años, aunque con grandes diferencias entre los países en desarrollo, con 63 años de promedio en 1992, y los países desarrollados, con 76 años[1].

Apoyándose en estas tendencias, se calculó que se pasaría de 5.700 millones de habitantes en el mundo en 1995, a 7.888 millones en el año 2020, para llegar a 9.800 millones en 2050, lo que supone un aumento del 72%, cifra que varía mucho geográficamente[2].

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y el Banco Mundial afirman que la actual producción de alimentos alcanzaría para dar de comer a toda la población del planeta con un sistema de distribución adecuado y equitativo. Siendo así, no sería necesario aumentar la producción de alimentos. De hecho, las empresas transnacionales de alimentación tienden a reducir su sobreproducción y a estabilizar los excedentes para mantener unos precios ventajosos en el mercado. Sin embargo, sigue habiendo cientos de millones de personas hambrientas y desnutridas, ya que el aumento de la producción agrícola no garantiza por sí solo la seguridad alimentaria. Como solución se sigue proponiendo el aumento de la producción de alimentos, incorporando además un enfoque de sostenibilidad con más inversión en tecnología, investigación y capital humano.
Y es que estamos en una época de grandes contradicciones: por un lado, la sobreabundancia y el crecimiento económico, que en 2000 alcanzó una tasa global del 4,7%, la más alta en los últimos años. Por otro lado, los evidentes fracasos sociales que mantienen en la pobreza y la precariedad a 1.500 millones de personas, muchas de ellas malviviendo en países que producen excedentes alimentarios[3]. Mientras las compañías agroindustriales acaparan el comercio internacional, los ingresos por exportaciones no reportan mejora alguna a los sectores de población más vulnerables de los países productores de materias primas en el Sur.

La principal causa de la falta de alimento o, mejor dicho, de la falta de acceso al alimento, no es la escasez, ni la baja productividad, ni el agotamiento del suelo, ni el “exceso” de población. La principal causa hunde sus raíces en el modelo de desarrollo, con sus modos de producción y consumo, sus nefastas repercusiones sobre el medio ambiente y sobre las culturas locales. La permanente tensión entre población y recursos requiere un análisis interdisciplinar para elaborar propuestas, diseñar políticas y asignar recursos. Es importante coordinar y sintonizar las políticas demográficas y agrícolas, pero cualquier análisis o iniciativa en este sentido debe hacerse desde una perspectiva ética y sobre el principio de la universalidad de los Derechos Humanos, cuyo núcleo es la dignidad del ser humano y el bienestar de las generaciones futuras.
NOTAS:
  1. ® PNUD, Informe Mundial sobre el Desarrollo Humano, 1995.

  2. ® División de Población de la ONU. New York, 1994.

  3. ® Wordwatch Institute, La situación del mundo, 2001.


  1.2. ¿Qué es la Seguridad Alimentaria?.
A partir de los años 70 se va haciendo más clara la idea de que el análisis de la situación alimentaria mundial no puede quedar limitado a una explicación mecánica relacionada con el aumento poblacional. Con el paso del tiempo se va tomando conciencia de las implicaciones sociopolíticas y económicas de la cuestión hasta llegar a identificarlas. De esta forma, se llega a hacer una distinción entre el problema de la nutrición y el de la escasez de alimentos, o de los recursos para producirlos.

Se ha señalado que la escasez es un concepto social y económico: están bien documentadas las situaciones de hambruna en momentos en que la producción ha aumentado por encima de las necesidades globales, lo que demuestra que también es necesario que lo producido llegue a quienes lo necesitan y esto depende de las estructuras socioeconómicas y políticas que determinan el acceso de la población a los recursos existentes.

En 1974 apareció por primera vez el término de Seguridad Alimentaria (SA) en la Cumbre Mundial de Alimentos de Otawa. Aquel fue un año de malas cosechas en el mundo, disminuyeron las reservas de alimentos y subieron los precios en los mercados internacionales, con lo cual cundió el pánico a la escasez. El concepto ha ido evolucionando desde entonces hasta ahora, haciéndose más integrado y realista.

Para tener una referencia internacionalmente aceptada, veamos qué dice al respecto el organismo internacional especializado en la materia:

Según la FAO, la seguridad alimentaria se define como una “situación en la que todas las personas tienen en todo momento acceso a alimentos seguros y nutritivos para mantener una vida sana y activa”. El término puede entenderse de diferentes formas dependiendo de la escala a la que se aplique, así tenemos la Seguridad Alimentaria Nacional (SAN), la Seguridad Alimentaria Familiar (SAF) o la Seguridad Alimentaria Individual.


  1.2.1. La Seguridad Alimentaria Nacional (SAN) .
Es la oferta de alimentos disponibles para cubrir las necesidades de la población de un país. Este concepto gira en torno a la disponibilidad de alimentos suficientes per cápita a nivel nacional, suponiendo que existe igual acceso para todos los sectores sociales y regiones. En la SAN influye la situación económica nacional e internacional, realidades cada día más interdependientes. La disponibilidad de alimentos suficientes implica:

  • Que la oferta sea suficiente, gracias a la producción agrícola nacional, la reducción de las pérdidas postcosechas y el volumen de las importaciones y exportaciones.

  • Una producción estable, de modo que pueda garantizarse la regularidad del suministro y los precios.

  • El acceso material a los suministros, por lo que ha de tenerse en cuenta tanto el aspecto económico, estableciendo políticas de subsidios y/o precios controlados y accesibles, como el aspecto físico, garantizando la red de transporte y distribución, espacios de almacenamiento y conservación de los alimentos e infraestructuras de mercado.

La SAN se centra en el análisis del total de la oferta de alimentos per cápita de un país.
En los años 80, una época de bonanza en los suministros per cápita mundiales, surgió una corriente crítica al enfoque de la SAN:

  • Se consideró que el hambre y las hambrunas no se deben solamente a la falta de disponibilidad de alimentos, sino a factores socioeconómicos como la pobreza de determinados grupos sociales que no tienen capacidad adquisitiva, desplazando el centro del problema de la escasez y cantidad de alimentos a su fácil o difícil disponibilidad.

  • Gracias a la Revolución Verde aumentó la producción de alimentos, a pesar de lo cual en determinadas zonas, la mayoría de la población seguía padeciendo hambre, hecho que revelaba el problema socioeconómico de fondo. Por tanto, no bastaba el incremento de la producción nacional, las reservas alimenticias o las importaciones.

  • Se llegó a la conclusión de que al adoptar políticas para atajar el hambre, es importante un análisis desagregado por familias que dé cuenta de situaciones micro, para dejar evidencia de la desigualdad entre las familias de una localidad, e incluso al interior de una misma familia.

Ello condujo a ampliar el concepto hacia la Seguridad Alimentaria Familiar, un nuevo planteamiento complementario.


  1.2.2. La Seguridad Alimentaria Familiar (SAF).
A nivel familiar, la seguridad alimentaria se refiere a la capacidad de las familias para obtener los alimentos suficientes para cubrir sus necesidades nutricionales, ya sea mediante la producción, compra, intercambio, donación o cualquier otro medio lícito.

El suministro de alimentos a nivel familiar depende de varios factores, tales como los precios, la capacidad de almacenamiento y conservación, la disponibilidad de alimentos en los mercados locales, la producción local o las influencias ambientales (clima, estacionalidad, ciclos, crisis, catástrofes,...).

Aunque la seguridad alimentaria a nivel nacional es importante, ya hemos visto que no garantiza por sí sola la seguridad alimentaria de cada hogar; pueden existir familias pobres o que estén atravesando dificultades, que no sean capaces de producir o no tengan poder adquisitivo para obtener los alimentos que necesitan. Y es que lo que la SAF pone de relieve es la importancia del acceso al alimento, el papel clave que el grupo familiar tiene en todo ello y las estrategias que desarrolla. Una vez que se accede al alimento, los hábitos alimentarios, los conocimientos sobre nutrición, la higiene y la forma de conservación y preparación de los alimentos también van a influir en el estado nutricional del grupo doméstico.

La SAF se centra en las condiciones de acceso al alimento del grupo familiar.
La SAN es un objetivo necesario para enfrentar el hambre desde la perspectiva global de un país, pero hay que garantizar el acceso al alimento a las personas y grupos, desarrollando políticas contra la pobreza y la vulnerabilidad, como subsidios y programas de empleo, entre otros. La SAN (macro) y la SAF (micro) no se pueden considerar o gestionar como contrapuestas, se enriquecen mutuamente. Las políticas y las experiencias en la SAF brindan elementos viables para la definición de políticas nacionales e internacionales.


  1.2.3. La Seguridad Alimentaria Individual o Suficiencia Alimentaria.
Así se llama en términos técnicos a la cantidad y composición de los alimentos necesarios para que una persona lleve una vida activa y sana. Se mide en número de calorías, proteínas, vitaminas y minerales. Las necesidades para mantener un buen nivel nutricional varían en función de la edad, el sexo, el estado de salud, la higiene, la ocupación y actividad, los estilos de vida, el clima, etc.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha calculado que, en promedio, las mujeres y los hombres adultos necesitan un máximo de 3.000 y un mínimo de 2.200 calorías diarias para desarrollar una vida activa y productiva. Esta cantidad es mayor en el caso de las mujeres embarazadas y mayor aún si están en periodo de lactancia. Por otra parte, los habitantes de zonas de frío intenso, necesitan más calorías que los de zonas tropicales calurosas.

En los países en desarrollo, gran parte de la población no tiene acceso a una dieta suficiente, lo cual acarrea consecuencias muy graves para su salud y bienestar. En el caso concreto de las mujeres, esta proporción es aún menor pues, como veremos más adelante, la pobreza les afecta de forma especial. Además, se dan discriminaciones de género en cuanto al acceso a los alimentos, tanto por falta de recursos como por la distribución poco equitativa dentro de las familias, que suelen priorizar la alimentación de los hombres y niños frente a la de las mujeres y niñas.


  1.3. Otros aspectos de la Seguridad Alimentaria.
Hoy son relevantes otros aspectos del concepto de Seguridad Alimentaria que lo enriquecen para superar el análisis meramente economicista.

  • El alimento como derecho humano fundamental.

    El derecho a la alimentación está reconocido, directa o indirectamente, por todos los países del mundo como derecho humano fundamental ligado al derecho a la vida. Además, Naciones Unidas establece el acceso a una alimentación adecuada y suficiente como derecho individual y de responsabilidad colectiva. Según el informe del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, el derecho a la alimentación implica "el derecho a medios de producción o adquisición de alimentos en cantidad y calidad suficientes, libres de sustancias nocivas y culturalmente aceptables".[4]

    Por lo tanto, los Estados están obligados a poner los medios para que su población no sufra hambre, haciendo todo lo posible para que las personas puedan disfrutar de una alimentación adecuada en cantidad y calidad que les permita llevar una vida saludable y activa. Para ello habrán de impulsar políticas de producción, conservación y distribución equitativa de los alimentos, creación de oportunidades de sustento, etc. Dicha alimentación es considerada adecuada cuando es aceptable culturalmente y producida por medios que no causen perjuicios sociales ni medioambientales. Por último, la provisión de esta alimentación no debe suponer detrimento alguno a los demás derechos, socioeconómicos, culturales, civiles o políticos.

    Esto también obliga a los Estados a propiciar un desarrollo y un suministro de alimentos equitativo a nivel mundial mediante una cooperación internacional solidaria y la eliminación de los obstáculos para el disfrute pleno de este derecho. Sin embargo, pese al reconocimiento del derecho a la alimentación por parte de instituciones internacionales y pese a que un cierto número de países lo han incluido en sus constituciones, todavía ninguno ha adoptado una legislación nacional específica para regular y garantizarlo. A nivel internacional, también se requiere el desarrollo de instrumentos normativos e instancias jurídicas que garanticen este derecho, de igual manera que se ha hecho con los derechos Civiles y Políticos.

  • Seguridad alimentaria, salud y nutrición.

    Cuando una población sufre hambre, los indicadores de morbilidad (enfermedades) y mortalidad (muertes) aumentan. Una ingesta de alimentos insuficiente hace que caiga drásticamente la calidad de vida de las personas, pues disminuye la capacidad intelectual, afecta al desarrollo físico, aumenta la vulnerabilidad a contraer infecciones y enfermedades y limita la productividad.

    Además, para las mujeres la desnutrición acarrea riesgos de complicaciones durante el embarazo y el parto, así como el alumbramiento de niños y niñas de bajo peso con deficiente desarrollo y estado de salud muy frágil.

    El estado nutricional de una población está determinado por múltiples factores sociodemográficos, económicos, culturales y ambientales, que interactúan tanto a nivel personal como con el entorno inmediato. Ya hemos visto que los requerimientos nutricionales de una persona dependen de su situación específica (necesidad de consumo según la edad, sexo, estado de salud, actividad productiva, etc. ) el uso y tratamiento de los alimentos (asimilación de los alimentos ingeridos, preparación, estado de conservación, etc.) y, en general, la higiene y cultura alimentaria. Pero su salud también depende de la calidad de los servicios básicos (agua, vivienda, educación y seguridad social), la capacidad de cuidado y las estrategias familiares de adaptación para enfrentar situaciones de crisis.

  • Las relaciones de género y la seguridad alimentaria.

    Las relaciones de género están estrechamente ligadas al problema de la seguridad alimentaria debido tanto al papel fundamental que tiene la mujer en la producción, preparación y administración de alimentos, como a su situación de discriminación respecto al acceso a los recursos en general.

    Las mujeres son responsables de la mitad de la producción mundial de alimentos. En los países en desarrollo esta proporción se eleva hasta un 60 u 80% y se dedica principalmente al consumo local y familiar. Además, las mujeres se encargan de la mayoría de las labores de procesamiento y conservación de alimentos y de casi todas las tareas necesarias para mantener la seguridad alimentaria del hogar y unas buenas condiciones de nutrición y salud en el grupo familiar. Estas tareas incluyen, entre otras, la preparación de alimentos, recogida de combustible, acarreo de agua, limpieza y cuidado de menores y personas mayores o enfermas.

    Pese a esta contribución primordial a la seguridad alimentaria, el trabajo de las mujeres rurales no es debidamente valorado ni remunerado. Recientemente se empieza a reconocer el hecho de que con demasiada frecuencia, las mujeres y las niñas realizan jornadas de trabajo mucho más largas que los hombres. Mientras, se encuentran sometidas a fuertes restricciones por razones culturales, sociales y económicas en aspectos tan claves como el acceso a los recursos alimenticios, a la educación, a la titularidad de la tierra, a los insumos y la tecnología, al crédito, a la participación en organizaciones rurales o los procesos de toma de decisiones, entre otras cosas.

    Esta exclusión conduce a un aumento de la proporción de mujeres entre los pobres, lo que se ha llamado “feminización” de la pobreza, que se da de forma más grave en el mundo rural. A este fenómeno contribuyen también hechos como el predominio de los hombres en el empleo formal asalariado, las políticas económicas que favorecen el desarrollo de la industria; la tendencia al abandono del campo y la consiguiente emigración a las ciudades, que en muchos países es mayoritariamente masculina.

    Este último factor tiene que ver con el aumento de familias monoparentales encabezadas por mujeres, lo cual se da en zonas rurales de muchos países en desarrollo. Estas familias, que por lo general se encuentran entre los grupos de población más pobres, comparativamente destinan más recursos a la salud, la educación y la nutrición de niñas y niños que los hogares encabezados por hombres. La razón es que las mujeres, ricas o pobres, tienden a dedicar una parte mayor de los ingresos familiares a estos aspectos que los hombres.

  • La capacidad de cuidar.

    La capacidad de cuidar pone en relación las necesidades materiales y sociales de una familia o comunidad con las posibilidades de satisfacerlas convenientemente. Estas necesidades tienen que ver con el cuidado de los hijos e hijas y otros miembros de la familia (personas ancianas, con discapacidad, enfermas), el proporcionar una nutrición adecuada, el apoyo emocional, la higiene y la recreación. Una gran parte de las tareas destinadas a cubrir dichas necesidades recaen sobre las mujeres en la práctica totalidad de los casos; si a ello se añade la importancia y el volumen del trabajo productivo de las mujeres arriba señalado, se hace evidente la enorme sobrecarga que soportan y las dificultades a las que se enfrentan día a día para conseguir garantizar la seguridad alimentaria de sus familias y de ellas mismas.

  • Estrategias familiares en situaciones de crisis.

    Se refieren a las iniciativas puestas en marcha por una familia ante situaciones de crisis como enfermedades largas, pérdida de cosechas, pérdida de empleo, sequías, etc. Estas iniciativas pueden ir desde la disminución del nivel de consumo cotidiano, la emigración de algunos miembros de la familia, la venta de bienes, el endeudamiento, etc. Del tiempo que dure la crisis, de su intensidad y de la eficacia de las estrategias puestas en marcha va a depender el deterioro del sistema de sustento: a mayor duración e intensidad se aplicarán estrategias más drásticas de supervivencia, quedando las familias expuestas a diferentes grados de vulnerabilidad.

  • Condicionantes culturales.

    Los alimentos forman parte de toda estructura cultural, con sus pautas de preparación, consumo y creencias asociadas en cada pueblo o comunidad. Además de cubrir una necesidad fisiológica, los alimentos son un bien cultural: la gastronomía es una de sus manifestaciones más evidentes. Este aspecto debe tenerse en cuenta en los programas de seguridad y ayuda alimentaria siendo respetuosos con la identidad, creencias y dignidad de las personas.

  • Conflictos: el hambre como arma de guerra.

    En situaciones de crisis tales como conflictos armados o desastres naturales el derecho a la alimentación se pone en grave riesgo. La violación deliberada de este derecho se manifiesta en bloqueos a los suministros, negación del acceso a la ayuda alimentaria, envenenamiento o contaminación de los alimentos, requisa o destrucción de alimentos, de plantaciones, almacenes o infraestructuras. Provocar el hambre entre una población es una de las más antiguas y eficaces estrategias de guerra.

    La violencia producida por conflictos sociales o políticos, conduce al empobrecimiento de los grupos de población más desfavorecidos, casi siempre desplazados forzosos, poniendo en peligro su integridad y seguridad alimentaria y haciéndoles más vulnerables ante situaciones desencadenantes de hambrunas, como las catástrofes naturales o las sequías. Entre los países que han atravesado y atraviesan largos conflictos encontramos muchos ejemplos de ello: Guatemala, Nicaragua, Mozambique, Angola... Sus estructuras e infraestructuras socioeconómicas han quedado destruidas a consecuencia de las guerras, lo cual hace que su dependencia del exterior sea mayor y les hace mucho más vulnerables.

    El fuerte impacto que tiene la violencia sobre la seguridad alimentaria, que depende de un entorno estable y seguro, no fue tenido en cuenta en su definición. Pero lo cierto es que un aspecto fundamental para su mantenimiento es la implantación de sistemas de alarma y programas de ayuda alimentaria para prevenir situaciones de hambruna.

NOTAS:
  1. ® Naciones Unidas, Consejo Económico y Social. E/CN.4/2000/48. 13 de Enero 2000. Comisión de Derecho Humanos -56º Periodo. "Informe Alto Comisionado de Derechos Humanos". E/CN.4/2001/53. 7 de Febrero 2001. 57º Periodo.


  1.4. La Soberanía Alimentaria: más allá de la Seguridad Alimentaria.
Con motivo de la Cumbre Mundial de la Alimentación celebrada en Roma en 1996 y centrada en torno a la Seguridad Alimentaria, se celebró en paralelo un foro mundial de organizaciones sociales y no gubernamentales para tratar el tema desde sus propias experiencias, planteamientos y puntos de vista. Es en este foro donde emerge y se afirma el concepto de Soberanía Alimentaria.

La soberanía alimentaria es una condición fundamental para la seguridad alimentaria. Expresa la aspiración de cada pueblo a mantener y desarrollar su propia capacidad de producir los alimentos básicos que necesita, respetando la diversidad productiva y cultural y el medio ambiente natural.

Además, el concepto de soberanía alimentaria ofrece una base teórica y alternativa para analizar de manera crítica la problemática de la seguridad alimentaria, incorporando connotaciones económicas, sociales y políticas. Así, las ideas que la FAO propone en su definición de Seguridad Alimentaria relativas a la disponibilidad y el acceso al alimento, deben ser ampliadas y concretadas buscando las garantías que doten de capacidad para producir y proporcionar alimentos.

Todo ello ha de sustentarse en el derecho a la tenencia y uso de los medios de producción, especialmente la tierra y el agua. Y esto, porque cualquier sistema de seguridad y soberanía alimentaria debe tener una base estable que reduzca al mínimo posible el margen de vulnerabilidad y fluctuación del mercado. A ello también contribuye el fortalecimiento de cada eslabón de la cadena de producción local para dar confianza al sistema.

Otros aspectos que profundizan en este sentido, son la sostenibilidad, la conservación y buen uso de los recursos naturales y el contar con las personas y organizaciones para lograr su propia seguridad y soberanía alimentaria. Todo ello ha de ser compatible con la equidad social, cultural y de género en la producción, buscando a la vez rescatar y ampliar el valor cultural en los modos de producir, elaborar y consumir los alimentos.


2. La globalización y sus efectos sobre la seguridad alimentaria.
 
  2.1. El proceso de globalización y su contexto.
Como ya hemos visto, la idea de la Seguridad Alimentaria no se explica por razones relacionadas únicamente con el volumen o el crecimiento de la población y la producción, sino que es un concepto multicausal ligado a gran variedad de aspectos sociales, económicos y culturales. El orden económico y social existente es, por tanto, clave en el debate sobre la SA.

No existe un consenso amplio sobre la realidad del proceso de globalización económica. Pese a la controversia que despierta este concepto, la gran cantidad de defensores y detractores, los debates aún abiertos sobre su definición, su irreversibilidad o su duración, sus efectos son innegables y evidentes.

La globalización es un proceso económico, político y social que implica la internacionalización del capital financiero, industrial y comercial. Esto ha sido posible gracias a un cambio progresivo en las relaciones políticas internacionales y al surgimiento de las empresas transnacionales que, a su vez, introducen nuevos procesos de producción, distribución y consumo caracterizados por la deslocalización geográfica, las economías de escala, la concentración del capital y el uso intensivo de la tecnología. Como consecuencia, las economías nacionales se integran en un sistema de producción y transacciones a nivel internacional que crea relaciones de dependencia entre unos países y otros.

Esta integración, transnacionalidad e interdependencia global se canaliza a través de la tecnología de la comunicación, los transportes de bajo coste y alta velocidad, y la liberalización de los mercados en un contexto político-económico que preconiza los dos elementos fundamentales de la doctrina neoliberal: Primero, la defensa del mercado como máximo poder regulador de las relaciones económicas y, segundo, la condena de la intervención del Estado a todos los niveles.

Conforme a esta doctrina, los gobiernos, bajo el auspicio de instituciones internacionales como el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT), su sucesora la Organización Mundial del Comercio (OMC), y el Fondo Monetario Internacional (FMI), han puesto en marcha medidas para la liberalización del tráfico de bienes y capitales, la privatización de sectores y empresas públicas y la desregulación en distintos ámbitos, incluyendo el laboral. Estas medidas suponen cambios en las legislaciones internas e internacionales para adaptarlas a los requerimientos de la globalización. En muchos casos, han supuesto verdaderos dislocamientos de las bases económicas y sociales de los países, contribuyendo al aumento de las desigualdades y a la polarización social, tanto a nivel internacional en las relaciones Norte-Sur, como en el interior de los países.

Los recortes en el gasto público suelen aplicarse a sectores como la seguridad social, la educación o la salud. Simultáneamente se aminoran los ingresos del Estado mediante la reducción de las cargas sociales de las empresas, cambios en el sistema fiscal, desregulación de los mercados, junto con privatizaciones de empresas públicas y contratación de servicios a empresas privadas para el desempeño de actividades anteriormente integradas en la función pública. Todas ellas son medidas diseñadas para favorecer la competitividad entre las grandes empresas y promover el proceso de globalización, pero en demasiadas ocasiones se han puesto en marcha sin tener en cuenta la situación interna de los países y las graves repercusiones sociales que pueden tener, arrastrando serios deterioros de la calidad de vida de amplios sectores de la población.

El sistema productivo globalizado genera grandes volúmenes de riqueza y desarrollo tecnológico, pero esta riqueza se concentra en unas pocas manos, por lo que la brecha entre unos países altamente desarrollados y otros que acumulan atrasos y carencias es cada vez mayor.

En el interior del mundo desarrollado no son despreciables los grupos de población excluidos de los beneficios y oportunidades que genera la globalización, que además se ven afectados por la crisis del Estado de Bienestar. Pero los países en desarrollo son los grandes perjudicados, aquí la pauperización, la pérdida de formas de sustento y la desprotección absoluta ponen en peligro la seguridad alimentaria de mucha gente que a menudo se ve obligada a adoptar estrategias como la migración a las ciudades en busca de empleos remunerados.

Las mujeres se ven afectadas de forma especial, no sólo por pertenecer cada vez en mayor proporción a los grupos sociales desfavorecidos, sino también por su posición en la división tradicional del trabajo. Es muy importante entender el problema de la exclusión desde un enfoque de género: la carga laboral que soportan las mujeres aumenta cuando las prestaciones sociales disminuyen, pues se ven obligadas a compensar dicha disminución intensificando el trabajo doméstico y de cuidado a los miembros de la familia. Además, el abandono del campo por parte de los hombres en busca de trabajos remunerados, deja a las mujeres solas al frente de los hogares y de las explotaciones agrarias familiares. Por otra parte, ellas están más expuestas a la exclusión de los progresos tecnológicos y productivos debido a la discriminación que sufren en cuanto al acceso a la educación y a la capacitación. Los obstáculos que se les imponen respecto a la titularidad de la tierra, de bienes productivos y la concesión de créditos, también dificultan su capacidad de respuesta para salir de situaciones de pobreza y marginación.


  2.2. El libre comercio y los acuerdos internacionales.
Para encontrar los orígenes de la globalización y del neoliberalismo imperante debemos remontarnos a los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En aquella época la producción en Estados Unidos y Europa Occidental experimenta un alto crecimiento acompañado de un gran aumento de las transacciones comerciales entre estos países.

Para regular los tipos de cambio de divisas y controlar la inflación, en 1944 se crearon el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). El objetivo primero de estos organismos era contribuir a equilibrar la balanza de pagos y la reconstrucción de los Estados implicados en la guerra, pero sin entrar en las decisiones económicas internas de los gobiernos ni en las políticas nacionales. Como veremos más adelante, con el paso del tiempo este objetivo original ha cambiado, al igual que los países en los que intervienen y la forma de hacerlo, pues condicionan sus decisiones internas.

Por otra parte, en 1947 se firmó el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), con el fin de suprimir trabas al comercio internacional de mercancías, excepto para los productos agrícolas. El GATT se fue transformando y en 1994, con motivo de la llamada Ronda de Uruguay, pasa a ser sustituido por la Organización Mundial del Comercio (OMC), creada con el objetivo de apoyar los intereses del capital transnacional y acelerar los procesos de globalización. La ofensiva de la OMC para integrar la agricultura en un mercado mundial abierto y liberalizado bajo principios muy lejanos al de soberanía alimentaria, pone en serias dificultades todo intento de los pueblos del Sur de garantizar su propia seguridad alimentaria.

Más aún, arroja a cientos de millones de campesinos y campesinas en los brazos de la pobreza y la precariedad. Todo ello tiene lugar de una forma completamente asimétrica, contradictoria y, por tanto, consideramos que también injusta, porque los países desarrollados no cumplen el principio de liberalización de importaciones, cuya aplicación exigen a los países en desarrollo. Estados Unidos y la Unión Europea continúan aplicando medidas proteccionistas, subvencionando generosamente a sus productores e imponiendo múltiples trabas a las mercancías procedentes del Sur. De esta manera, se protege a los monopolios del Norte, lo que constituye una verdadera competencia desleal para los productores de los países en desarrollo y una negación de la validez del discurso dominante sobre las ventajas del libre mercado.

La Unión Europea es uno de los mayores exportadores de productos agrícolas y el primer mercado importador, lo que pesa considerablemente en las estructuras del comercio internacional. Su Política Agraria Comunitaria (PAC) está siendo muy cuestionada por varias razones:

  • El modelo de explotación agropecuaria que promueve es intensivo y excesivamente tecnologizado, para abaratar costes y aumentar rendimientos. Así, se destruyen puestos de trabajo y aumenta el uso de productos químicos que contaminan la tierra y el agua, y llegan a alterar el equilibrio biológico y la calidad de los propios alimentos que produce. Ello ha puesto en grave riesgo la salud de los consumidores en demasiadas ocasiones, que ya están alertados de las mortales consecuencias que pueden llegar a sufrir.

  • Este modelo favorece a los grandes productores y empresas transnacionales, perjudicando al pequeño y mediano campesinado, a los cultivos tradicionales y a los métodos de explotación extensivos (también llamados biológicos o ecológicos) que han interactuado con eficiencia en el medio ambiente natural a lo largo de siglos, demostrando a la vez la sostenibilidad de los ecosistemas y logrando una producción de máxima calidad.

  • Es incoherente con el discurso del desarrollo que tanto proclama Europa, ya que el principio de la "preferencia comunitaria" concedido a los productos agrícolas originarios de los países miembros es una medida proteccionista que pone barreras a las importaciones, lo cual afecta negativamente a los pueblos del Sur, a su acceso a los mercados, su producción local y su comercio exterior.

Finalmente, tanto en Europa como a nivel internacional, en medio del discurso neoliberal y en torno al tema específico de la alimentación, ha habido varios intentos de cerrar compromisos de lucha contra el hambre:

  • De la "Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social" de Naciones Unidas (Copenhague, 1995) salieron una serie de recomendaciones tendentes a la erradicación del hambre y la pobreza y en pro de un desarrollo sostenible.

  • En la “Cumbre Mundial de los Alimentos” (Roma, 1996) auspiciada por la FAO, se acordó un Plan de Acción con la meta de reducir a la mitad el número de personas con hambre para el año 2015. Sin embargo, y pese a que la FAO quiso resaltar el problema de las y los agricultores más pobres y los cultivos locales, prevalecieron los mismos principios de la OMC instando a los gobiernos a acelerar los procesos de globalización y liberalización de los mercados, al considerar la importación de alimentos del Norte como un método válido para alcanzar la Seguridad Alimentaria.

Quedan al margen los planteamientos y metas de autosuficiencia y soberanía alimentarias, tampoco se tienen en cuenta factores como la fluctuación de los precios internacionales, los peligros de la dependencia, o la exclusión de quienes no pueden competir con las grandes empresas.


  2.3. Los efectos de la transnacionalización del capital sobre la alimentación.
  • La deuda impagable: renegociaciones y ajustes.

    El endeudamiento de los países en vías de desarrollo también se remonta a los orígenes de la globalización. Ambos procesos, endeudamiento y globalización, caminan de la mano avanzando hacia mayores desigualdades y se complementan e interactúan como parte de la estructura misma del actual sistema mundial de relaciones económicas y políticas. Se trata de un proceso muy complejo, pero creemos que vale la pena pararse a repasarlo un poco, ya que nos ayudará a comprender algunas iniciativas que se están adoptando en la actualidad.

    Durante las décadas de 1960 y 70 la banca internacional acumuló gran cantidad de capital en busca de inversiones, por lo que se ofrecieron préstamos a los países del Sur animándoles a acometer ambiciosos proyectos de desarrollo sin apenas exigir garantías ni avales, y en unas condiciones bastante ventajosas. Empresarios privados y gobernantes de los países del Sur empezaron a adquirir créditos bancarios a interés variable.

    Así fue cómo muchos gobiernos se endeudaron, hasta que la situación se desbordó en la década de los 80. Comenzó entonces la “Crisis de la Deuda”, situación en la que convergen varios factores:

    Al inicio de los años 80 empezaron a subir los tipos de interés, lo que significó la subida real de los intereses y del servicio de la deuda en miles de millones. Los países endeudados pidieron nuevos créditos para poder hacer frente a los préstamos contraídos y a los intereses acumulados, mientras los tipos de interés seguían aumentando hasta multiplicarse por seis.

    Otra de las causas de la acumulación de deuda en los países del Sur es la inversión en proyectos mal concebidos que no produjeron los rendimientos esperados para amortizar la inversión.
    Los países endeudados se vieron obligados por el Fondo Monetario Internacional a nacionalizar las deudas privadas como condición para poder adquirir nuevos préstamos y renegociar la deuda. Al principio se pensó que la privatización de empresas públicas sería la solución y se privatizó el sector público. Pero sólo significó cierto alivio momentáneo.

    De todo ello, resultó que el flujo de recursos financieros cambió de dirección y a partir de 1982 el dinero circula de Sur a Norte.

    Posteriormente, el FMI interviene en la crisis para asegurar el pago de la deuda, condicionando la adquisición de nuevos préstamos a la aplicación de Programas de Ajuste Estructural (PAE). Los PAE son paquetes de medidas macroeconómicas encaminadas a subordinar las economías de los países endeudados a la integración en el mercado mundial. Estas medidas persiguen simultáneamente la estabilización económica a corto plazo y reformas estructurales a largo plazo que se concretan en:

    • Privatización y desmantelamiento de las empresas públicas.
    • Apertura y facilidades a las inversiones extranjeras.
    • Reducción drástica del gasto público, en especial el dedicado a Salud, Seguridad Social y Educación, así como a los subsidios para alimentación y consumo.
    • Devaluación de la moneda nacional y contención de la inflación.
    • Liberalización de precios y salarios.

    Lo cual significa aplicar una serie de reajustes económicos y sociales que han supuesto para muchos países el estrangulamiento de sus economías.

  • Nuevos reajustes e iniciativas para aliviar la deuda externa.

    En los primeros años 90 se recayó en otra crisis y desde entonces la deuda no para de aumentar, ahogando las economías de los países del Sur, pronunciando las desigualdades y la pobreza.

    Sorprendentemente, unos pocos países endeudados han conseguido una posición de relativa estabilidad económica que incluso atrae flujos de inversión del exterior. Pero mientras tanto, un nutrido grupo de países (41 en 2001) considerados pobres y altamente endeudados daba claras muestras de no poder salir a flote. Para ellos, el FMI y el BM idearon un nuevo programa, llamado Iniciativa HIPC (Heavily Indebted Poor Countries o, lo que es lo mismo, Países Pobres Altamente Endeudados) que viene a ser un programa de ajuste estructural adaptado a sus circunstancias, de modo que puedan alcanzar un nivel de endeudamiento “sostenible” para seguir pagando sus deudas, a la vez que aplican algunas medidas para paliar la pobreza.

    Entre los países considerados HIPC está Bolivia; más adelante veremos qué significa esto en relación con la seguridad alimentaria y la pobreza. En general, las iniciativas HIPC constan de dos etapas, cada una de ellas de tres años de duración. En la primera etapa, el país debe formular y ejecutar un programa de ajuste económico de acuerdo con el FMI, de cuyos resultados dependerá el pasar a la segunda fase, que es la iniciativa HIPC propiamente dicha, pudiendo con ella llegar a “sustanciales” reducciones de su deuda.

    Una de las condiciones a las que se han de someter los gobiernos de los países HIPC es que abran un proceso de diálogo con la oposición política y la sociedad civil organizada para elaborar un “Programa de crecimiento y reducción de la pobreza”, con asesoramiento de las instituciones financieras internacionales, que sirva para derivar recursos destinados al pago de la deuda a la lucha contra la pobreza. Esto en Bolivia se ha llamado “Diálogo 2000”.

    La iniciativa es sin duda un avance importante, pero hasta ahora su impacto sobre la pobreza mundial está siendo muy limitado, en parte por la cantidad de condicionamientos a los que se somete y en parte porque no deja de ser una acción paliativa para contener las cifras de la pobreza, ya que no se trata de propiciar o inducir cambios estructurales en el sistema internacional de relaciones económicas y de dependencias.

    Según el Banco Mundial, en 1987 1.200 millones de personas subsistían con menos de un dólar al día, en 1993 la cifra alcanzó los 1.300 millones de habitantes y en 1999 se calcula en 1.500 millones de personas. Si a ello le añadimos las que subsisten con menos de dos dólares diarios, el total se aproxima a los 3.000 millones, o lo que es lo mismo, la mitad de la población mundial.


  2.4. Biotecnología y transnacionales de la alimentación.
Siguiendo con los efectos de la globalización económica y la liberalización de los mercados, se puede comprobar cómo se ha ido configurando un contexto favorable al monopolio empresarial y a la concentración del capital en manos de un puñado de grandes corporaciones transnacionales con gran poder de expansión y penetración económica y cultural.

Entre ellas, las transnacionales de la alimentación han crecido significativamente: de 40 millones de toneladas de alimentos producidos y comercializadas en 1950 han pasado a manejar 225 millones de toneladas en 1990. Este crecimiento ha ido acompañado de un control mayor sobre cada una de las etapas de producción hasta hacerse con todo el proceso de transformación y comercialización de los alimentos, desde la producción de semillas o cría de animales de granja, hasta el envasado y distribución comercial, o la “comida basura” servida y lista para consumir.

Concretando más los efectos de la globalización y los PAEs sobre los países en desarrollo, se observa que la apertura de los mercados nacionales de los países en desarrollo ha traído una inundación de productos importados de “bajo coste” y consumo inmediato, poniendo en dificultades a la producción agrícola local para salir al mercado con precios competitivos. Ya se ha mencionado el fenómeno del empobrecimiento del pequeño y mediano campesinado, que se ve obligado a abandonar el campo en busca de mejores oportunidades de empleo en las ciudades y a perder el control sobre sus tierras, semillas, agua y, en general, los recursos naturales de su entorno local.

En su lugar, las empresas transnacionales se van haciendo con el dominio de todo ello. Ahora, la producción de alimentos se intensifica y tecnologiza para lograr altos rendimientos, pero además se quieren productos controlados y estandarizados, de ahí que la investigación se vuelque en la creación de organismos genéticamente modificados (transgénicos) y en las patentes de vida, que son patentes sobre variedades espontáneas de semillas de alto interés biológico. Todo ello conduce a un aumento de los riesgos:

  • Para el consumo, la salud e higiene alimentaria: Porque la calidad de los alimentos puede verse seriamente alterada. El vacío legal en materia de seguridad e higiene alimentaria refleja la prepotencia de los defensores del libre mercado, que sólo consideran el alimento como mercancía. La desprotección de los consumidores y consumidoras, la ausencia de investigación independiente, así como los efectos sociales, económicos y culturales explican las reiteradas crisis alimentarias que afectan al consumo en el Norte.

    Un ejemplo que da cuenta de la impunidad con la que actúan algunas empresas lo tenemos en la alimentación infantil a base de leches maternizadas, que sigue siendo promovida desde las transnacionales farmacéuticas y de alimentación aún habiéndose demostrado que además de responder a las fuerzas del mercado, estos productos contribuyen al aumento de la morbilidad y la mortalidad infantil (1.500.000 muertes al año por diarreas infantiles).

    La brecha de la desigualdad entre Norte y Sur también se refleja en la protección al consumidor/a. Casi todos los países en desarrollo contemplan en sus legislaciones alguna normativa de protección al consumidor/a, pero su aplicación es débil y no despierta mucho interés en general. En los países del Norte se cuenta con sistemas de protección social y organizaciones de consumidores fuertes que animan los debates sobre agrobiotecnología y manipulación de los alimentos, sin embargo las reacciones a las crisis siempre son lentas y ponen de manifiesto la descoordinación gubernamental y las carencias del sistema de seguridad e higiene alimentaria.

    La población europea está muy sensibilizada en este sentido, muestra de ello es su retorno gradual hacia alimentos menos manipulados, producidos localmente con métodos tradicionales y acompañados de información y etiquetas que garantizan su salubridad, aunque haya que pagar precios muy superiores. Por ello Europa es una de las regiones que más han avanzado en este sentido. Se ha propuesto para el año 2002 la creación de un Organismo Alimentario Europeo para establecer un sistema de alerta rápida con un cuerpo científico independiente, la creación de redes de investigación y vigilancia a nivel nacional conectadas entre sí y el estudio de una política nutricional integrada y coherente a nivel regional.

    Estos son algunos de los mecanismos ideados para la protección de los consumidores y consumidoras, aunque no hemos de olvidar que la Seguridad Alimentaria es mucho más que información y alimentos variados y de calidad. No perdamos de vista que cuando las preocupaciones del Norte se inclinan en este sentido, la Seguridad Alimentaria en el Sur trata de conseguir alcanzar el nivel de suficiencia alimentaria para toda la población y entre tanto, la desnutrición sigue siendo la causa de diversas enfermedades endémicas y demasiadas muertes.

    De nuevo, las desigualdades son enormes: En los mercados del Norte se pueden encontrar más de 50 alimentos transgénicos y se calcula que existen más de 250 variedades en fase de estudio y experimentación para crear alimentos frescos que aguantan meses sin pudrirse, patatas que actúan como vacunas, leche de ovejas similar a la humana... Pero mucha gente sigue padeciendo hambre, luchando diariamente por su supervivencia y recurriendo a las más variadas estrategias para garantizar mínimamente la alimentación familiar.

  • En el medio ambiente: La degradación del medio ambiente es un hecho incuestionable y tiene estrecha relación con los modos de organización social, producción y consumo que el mundo moderno ha desarrollado a partir de la segunda revolución industrial y el proceso acelerado de expansión urbana, que presiona permanentemente sobre los espacios naturales.

    El impacto de la llamada Revolución Verde y la biotecnología sobre el medio ambiente se manifiesta sobre todo en la pérdida de diversidad de los cultivos, el debilitamiento del equilibrio biológico natural, la pérdida de capa fértil y la contaminación de suelos, aguas y organismos vivos por el uso de agroquímicos para combatir plagas.

    Si bien la selección de variedades animales y vegetales mejoradas es una práctica tan antigua como la agricultura o la ganadería, lo novedoso ahora son los procedimientos que se utilizan para lograrlo. Los organismos genéticamente modificados irrumpen en el medio ambiente natural transfiriendo sus genes alterados sin control alguno, sin que nadie se atreva a definir los riesgos que ello entraña o negar que esos riesgos existan para el equilibrio biológico y la biodiversidad.

    Está demostrado que las semillas transgénicas no son imprescindibles para aumentar la productividad y la calidad de los cultivos. Necesitan fertilizantes, insecticidas y herbicidas específicos y más agresivos, todos los insumos que requieren para su cultivo están protegidos bajo patentes y por tanto son cultivos técnicamente dependientes. Esto significa que no son viables por sí solos, puesto que no son organismos equilibrados, por tanto, no se trata de una agricultura sostenible desde el punto de vista social y medioambiental.

    ¿Qué interés tienen entonces los transgénicos? Precisamente, la dependencia que generan en los productores/as. Todo el proceso de cultivo ha sido desarrollado y experimentado por grandes corporaciones transnacionales del sector que, además de garantizar la compra de la cosecha al productor/a, le suministran todos los insumos necesarios protegidos bajo patente, insumos de los que ya no podrá prescindir porque la siguiente generación de semillas no le pertenece ya que la propiedad de la semilla está bajo patente. Esto nos conduce a otro riesgo que analizamos a continuación.

  • La pérdida de control sobre los recursos locales: En el campo de la producción de semillas y agroquímicos asociados a cultivos y cría intensiva de animales y plantas, se está librando una dura batalla por el control genético entre las transnacionales del sector. Y no sólo se trata de productos creados en laboratorio: se da el caso de las patentes de vida, patentes sobre semillas de especial interés biológico, como la quínua de Bolivia, cuya propiedad intelectual ha dejado de ser patrimonio del pueblo boliviano, que deberá pagar por su uso a la empresa propietaria de la patente.

La existencia del mediano y pequeño campesinado está en riesgo de desaparecer, aunque su aporte al Producto Interno Bruto (PIB) mundial representa en torno al 35%. La lógica del libre mercado excluye al pequeño campesinado, que pierde sus sistemas de sustento tradicionales. Empobrecido, ha de tantear diferentes estrategias para enfrentar la crisis: asumir empleos temporales y precarios en la agroindustria, emigración a las ciudades en busca de fuentes de ingreso alternativas y abandono de sus parcelas etc. La mayoría de la población rural que logra subsistir del campo depende del rol proveedor de las mujeres, quienes, recordemos, producen más del 60% de los alimentos para el autoconsumo, sin embargo sólo reciben una décima parte del ingreso mundial y son propietarias del 1% de las tierras del mundo.

Las consecuencias directas de ésta situación de pobreza y marginación son la inseguridad alimentaria y el hambre. La población mundial dispone de un 15% más de alimentos per capita, que hace 20 años. Pese a ello, el hambre continúa golpeando los estómagos y la conciencia de la humanidad, comprometiendo el desarrollo de los países y de las personas que la sufren, limitando su capacidad productiva y la posibilidad de llevar una vida sana. Según estimaciones recientes hay 826 millones de personas desnutridas, de las cuales 792 millones se encuentran en los países en desarrollo y 34 millones en el mundo desarrollado (el 18% de la población del mundo en desarrollo)[5].
NOTAS:
  1. ® FAO, "Inseguridad Alimentaria: La población se ve obligada a convivir con hambre y teme morir por inanición" Informe SOFI, 2000.


  2.5. El sistema alimentario moderno.
Seguimos examinando las consecuencias de la globalización y el neoliberalismo sobre la Seguridad Alimentaria. Otro de sus aspectos es el cambio cultural que acompaña al proceso de industrialización y urbanización que, por medios sutiles, impone un modelo de alimentación “hegemónico” que empobrece la diversidad cultural de los pueblos. La nueva dieta, masificada al gusto norteamericano, consigue efectos psicosociales como la aculturación, pérdida de identidad y de autosuficiencia, además de acentuar la creciente dependencia alimentaria global a través de las importaciones.

El nuevo sistema alimentario se desarrolló en los países industrializados en los años 50-60 junto con el consumo de masas, la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral y la Revolución Verde, contando con la importación de materias primas procedentes de países del Sur. Otro elemento importante que lo ha hecho posible ha sido la popularización de los electrodomésticos “blancos” como frigoríficos, congeladores, cocinas a gas y hornos microondas.

A grandes rasgos, esta dieta se caracteriza por contener alimentos muy procesados, con predominio del grupo de los hidratos de carbono y dentro de estos, los cereales refinados; también una elevada proporción de proteínas, sobre todo carnes (con preferencia por la de vacuno), huevos y lácteos, y en mucha menor proporción, frutas frescas y verduras. Esta viene a ser la dieta adoptada por las clases medias urbanas en América Latina. Entre las clases populares se encuentran algunos elementos de este tipo de dieta, pero con una mayor proporción de calorías “vacías” procedentes de alimentos muy elaborados con mucha carga calórica pero pobres en nutrientes como los dulces y los refrescos carbonatados, otros rasgos de la dieta popular son la escasa presencia de alimentos del grupo de las proteínas y una relativa abundancia de alimentos tradicionales y frutas frescas.

El impacto de este sistema de alimentación en América Latina también puede comprobarse en el uso del suelo agrícola. A la vez que aumenta la población campesina sin tierra se abandonan las pequeñas y medianas propiedades y se observa que buena parte de las tierras de cultivo se dedican a la siembra de plantas forrajeras que son exportadas para alimentar el ganado europeo, o a frutas y hortalizas “de invierno” destinadas al mercado de los Estados Unidos. Grandes extensiones de bosque tropical han sido taladas para introducir pastizales dedicados al engorde de reses vacunas que se convertirán en hamburguesas y piezas de carne congelada.

La crisis agraria implica una crisis en la alimentación que también afecta a las mayorías urbanas de los países en vías de desarrollo, entre cuyas necesidades básicas hay que contar con una alimentación a bajo coste.

Pese a la aparente homogeneidad, las asimetrías entre ricos y pobres también se acentúan en la calidad y cantidad de la dieta: la población del Norte destina un presupuesto para alimentación correspondiente al 30% de sus ingresos y son frecuentes enfermedades derivadas del consumo excesivo y/o desequilibrado de determinados alimentos, como la obesidad, la diabetes o determinadas dolencias cardiovasculares que constituye un serio problema de salud pública. Mientras que las familias pobres de los países del Sur destinan el 70% de sus escasos recursos a adquirir alimentos y no alcanzan un nivel de consumo diario de 3.000 calorías lo cual a su vez ocasiona enfermedades carenciales a menudo irreversibles y retrasos en el desarrollo y el crecimiento.

En América Latina, el continente de las grandes asimetrías, el 61% de la población rural vive en condiciones de pobreza extrema y un 53% padece hambre (FAO 2000).


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